GARCÍA CUARTANGO, Pedro - La campana de Baredo

La campana de Baredo

Me hubiera gustado quedarme allí para siempre, oyendo aquel sonido

Nunca se sabe a dónde te llevan los senderos de Galicia. Ni tampoco cuándo puede sonar la campana de la parroquia de Baredo, cercana a Bayona. Tras una caminata me había detenido ayer en este paraje para protegerme del sol del mediodía y descansar unos minutos. Estaba sentado en el pretil de una iglesia de granito, junto a un cementerio, a unos cientos de metros del océano. La brisa del mar agitaba las hojas de los árboles y refrescaba el aire.

Me llamó la atención una inscripción en la puerta del camposanto que me recordó las meditaciones de los ejercicios espirituales de los jesuitas en mi adolescencia. Decía: «Mortales, por qué tanto afán si al fin bienes, familia y vida dejáis al instante de morir».

Estaba reflexionando sobre este sabio recordatorio de la brevedad de la existencia cuando sonó la campana. Eran las doce menos cuarto y tocaba a muerto. Pero no había nadie en el templo ni en los alrededores. Permanecí allí durante casi veinte minutos escuchando su fúnebre tañido. Al marcharme, observé unas hojas y un bolígrafo en la puerta para dejar constancia del pésame a los parientes del difunto.

El tiempo parecía haberse parado si no fuera porque las olas se estrellaban a lo lejos contra las rocas de la costa. Tuve la sensación de que me hubiera gustado quedarme allí para siempre, oyendo aquel sonido de la campana que me retrotraía a mi infancia de monaguillo en Miranda de Ebro.

Yo tenía entonces ocho o nueve años y, como no tenía reloj, mi vida se regía por las campanas de la iglesia de San Nicolás, que, a diferencia de la de Baredo, funcionaban con gruesas cuerdas de las que nos colgábamos para hacer repicar los badajos.

Hay un acontecimiento que anunciaron aquellas campanas que jamás olvidaré. Fue el 3 de junio de 1963, fiesta local de San Juan del Monte, cuando tocaron a muerto durante un rato más largo de lo habitual. Así supe que el Papa Juan XXIII, por el que profesaba una veneración más allá de lo religioso, había dejado este mundo.

Las campanas fueron el sonido de mi infancia y, por eso, sentí durante esos minutos en Baredo el vértigo de la fugacidad del tiempo y de la vanidad de nuestros afanes que expresaba la inscripción en el muro del cementerio.

Pero, como escribe Paul Válery, el viento se levanta y debemos intentar vivir. Seguí mi camino y encaminé mis pasos hacia el mar, donde las olas levantaban montañas de espuma al chocar contra el acantilado. Cogí unas ramas de laurel que brotaban junto a una tapia y su olor me pareció maravilloso.

Con los años, perdemos la intensidad de los sentimientos de nuestra juventud, pero ganamos en capacidad para disfrutar de las cosas pequeñas como un paseo por el monte, una conversación con un amigo o el espectáculo del mar en perpetuo movimiento. Acabo de iniciar mis vacaciones en Bayona y, lejos del sofoco y de la agitación de Madrid, me invade la sensación de que en ningún lugar puedo estar mejor que aquí.

GARCÍA CUARTANGO, Pedro

ABC (01-08-2018)

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