SOTO MARTÍNEZ, Ezequiel - Adiós a la escuela

Adiós a la escuela

A la hora en que a la tarde le aparecen ojeras. Cuando el astro rey se oculta tras lujosos cortinajes y cuando ya los corceles de oro habían llegado a la gran ciudad, después de su largo paseo por la vía láctea… me dije: será muy bueno caminar. En efecto, caminé mucho… mucho… no sé cuánto, pero sé que al pasar frente a la catedral, los grades brazos de su reloj no me saludaban. Pensé que estaba enfermo y seguí el camino. A poco tiempo, con sorpresa, vi al viejo campanario. Las campanas repicaban con una melancolía tal que se creería, que campanero y campana sufrían una gran tristeza. Al llegar al templo del saber, reinaba un silencio de oro. El negrito tocaba su violín, sentado y pensativo estaba en una hamaca. Quise saber por qué y con un poco de miedo entré al salón de danza… El piano que en un rincón estaba, empezó a tocar, notas tan tristes que me hicieron llorar. También escuchaba leve roce de zapatillas, al instante pensé en mi amada. Después llegué al patio, en el centro se encontraba una fuente de cantera. La fuente no tenía agua, sin embargo empezó a gotear. El eco respondía como si hubiera envejecido. La fuente parecía una tumba. Después subí las escaleras, entré a mi salón… Las puertas rechinaban como dándome la bienvenida. Vi que el gis escribía, que el borrador destrozaba las palabras y el pizarrón lágrimas blancas lloraba. Mientras las ventanas, paredes, mesas y bancos mudo silencio guardaban. En un rincón, sobre el escritorio, la campana empolvada y triste, llamaba sin que nadie acudiera. Más al fondo, sobre un gran sillón, estaba un anciano de pelo blanco y de arrugas acentuadas, tenía en su mano izquierda un libro, en su mano derecha una antorcha y en su frente un letrero que decía: Portador de la sabiduría, ¿quién será? , me dije. Es el apóstol incansable: el maestro. Enseguida bajé rápidamente y aún salían del campanario repiques con tanta melancolía, que los muros del templo del saber se estremecían. Después pregunté: ¿qué pasa?, ¿dónde están las golondrinas? Nadie respondía, volví a preguntar y grité. Mientras más fuerte gritaba más mudo era el silencio. Poco después oí toques de atención con clarines, ¿ya escuchas? Las golondrinas se van, lo mismo contestó el eco, el reloj, las campanas, el negrito saltarín, el piano y la fuente. ¿Todas se van?, pregunté. Sí, ya ves que cruel es el mundo, ya nunca más oiremos sus voces… ya nunca. Mientras hablaba se abrieron las puertas de la biblioteca. De todos los libros que ahí estaban, uno se cayó y, se transformó en hombre, pulsaba una lira… y ese hombre era Gustavo Adolfo Bécquer. Abriendo la boca, dijo: “Volverán las oscuras golondrinas/ en tu balcón sus nidos a colgar,/ y, otra vez, con el ala a sus cristales,/ jugando llamarán;/ pero aquéllas que el vuelo refrenaban/ tu hermosura y mi dicha al contemplar,/ aquéllas que aprendieron nuestros nombres…/ ésas… ¡no volverán!.” Entonces oí nuevamente el toque de atención y, yo también me puse a meditar… Escuché por tercera vez el toque de atención. Los muros, que voces guardaban, también se pusieron a llorar y con acento suplicante, elevaron su voz diciendo: ¿por qué nos dejan queridas golondrinas?, ¿por qué nos dejan ustedes que hablaban de amor?, ¿hasta tú, golondrina poeta, también nos abandonas? Tú que frente a mí alababas su hermosura y sus ojos negros?, El escuadrón en silencio preparaba su vuelo. En el salón, el maestro inquieto observaba. “Maestro, diles que se queden, sus dulces cantos falta nos harán”. Con filosófico acento, el maestro respondió: “Es preciso que así sea, ellas han aprendido y van en busca de nuevos horizontes. El día de mañana vendrán nuevas golondrinas que presto estaré para enseñarles.” Tiemblan los muros y se estremece el templo del saber al escucharse el toque de clarines, el paso redoblado y… vuelan… vuelan. El maestro levanta la mano diciéndoles adiós, el eco con voz de enfermo repite el adiós. La fuente deja de gotear, el grillo salta tomando presuroso su violín y parece tocarles una marcha titulada “Adiós golondrinas”. En el viejo campanario siguen tocando las melancólicas campanas y a cada repique se estremecen los muros de la escuela. Mientras, allá en el horizonte, perdiéndose en el azul oscuro, las golondrinas en perfecta formación, van trazando un misterioso adiós… al lado de ellas, las estrellas parpadean de asombro.

SOTO MARTÍNEZ, Ezequiel

El Sol de Salamanca (09-08-2017)

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