GAITERO, Ana - Una campana voló

Una campana voló

las entrañas de león siguen llenas de carbón, aquel oro negro que alimentó la pujante industria vizcaína a donde emigraron leoneses como toño y carolina


En León pasan cosas que son puro realismo mágico. Y trágico. El otro día voló una campana en Tejerina mientras la volteaban para celebrar las bodas de oro de una pareja, Carolina y Toño, que emigraron a Bilbao y quisieron renovar su matrimonio en el pueblín. Pudo suceder una tragedia. Afortunadamente, el bronce, dedicado a un peculiar cura que tuvo el pueblo, don Rufo, se estrelló contra el suelo sin causar más daños que su propia fractura y los desperfectos del tejado de la iglesia.

La campana y el pendón del pueblo son... dice el ripio. La cuestión es de quién son los pueblos en este tiempo de abandono y vacío. Cuando ver una vaca en un ‘prao’ es casi exótico —ahora las tienen en un museo que abrieron en Cerezales del Condado— y cierra la última mina de interior de León después de 257 años de explotación del carbón.

¿Dónde está el pueblo? Quiero decir, la gente del pueblo. No quiero ser agorera, y lo seré. Pero se acaba ese mundo tal y como pronosticó hace casi 40 años Julio Llamazares cuando escribió aquellos hermosos versos: «Yo vengo de una raza de pastores que perdió su libertad cuando perdió sus ganados y sus pastos» (La lentitud de los bueyes).

Las entrañas de León sigue lleno de aquel oro negro que alimentó la industria vizcaina, mientras fenece el tren hullero asesinado por el propio Estado, el Ministerio de Fomento de ese flamante ministro santanderino, en este tiempo en que las administraciones están para servirse a sí mismas y a una élite —siempre están ahí las élites— que se enriquece a manos llenas con nuestra ruina.

Los pastos de León siguen siendo buenos, de los mejores del mundo. Pero apenas hay ganado que los mantenga y a los pocos rebaños que quedan, los últimos trashumantes, les maltratan todo lo que pueden y más. El progreso nos llegó en forma de centros comerciales, grandes polígonos de viviendas y poco más, alguna autovía una parada del AVE que nos trae unos pocos turistas —hay que agarrarse a un clavo ardiendo— y el rencor de los asturianos que tienen que emplear 20 o 30 minutos más en llegar a su destino por culpa del fondo de saco.

Los pueblos envejecen sin remedio, aunque es verdad que de vez en cuando llega la esperanza de una familia neorrural que se asienta aquí y allá. O de pronto viajas a Urones de Castroponce y ves todo ese público en el Corral de Anuncia, para asistir al estreno de una obra de teatro... O compruebas el tesón que hay puesto en el Museo de la Industria Harinera de Castilla y León (Mihacale) en Gordoncillo o en su Feria Vitivinícola, con ese Festival Internacional de Payasos, o disfrutas, como disfrutará mucha gente este puente, de esas tradiciones tan bien cuidadas, como la alfarería de Jiménez de Jamuz, las últimas mantas del Val de San Lorenzo, la entrañable romería de Boinas a la orilla del Torío...

O esas exposiciones que de pronto dan vida a espacios vacíos y olvidados como la gran colectiva del Instituto Leonés de Cultura en el Centro del Clima de La Vid de Gordón o el ciclo de artesanías y arte en la sede estable de Colinas de Martín Moro Toledano, donde la ingeniera y pintora Conchi Casado Sulé presenta su obra minera...

Ves este bullir de agosto y oyes hablar de los versos de Busmayor y piensas que no todo está perdido... Aunque tengas «una zanja abierta en el corazón». Quizás hay esperanza todavía, un poco de esperanza... Aunque entre los maizales suenan tambores de guerra por el agua y cabalgan los vigilantes por los canales del Páramo y en la ciudad, donde hay casas sin gente y gente sin casas, se han rebelado unas cuantas familias sudamericanas. ¿Estafadas? No lo sé. Pero todas y todos somos víctimas de la gran estafa. Somos esa campana que vuela...

GAITERO, Ana

Diario de León (13-08-2017)

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