COBO, Diego - El último campanero artesano

El último campanero artesano


Autor: BARDÓN, Marcos

Al principio, Abel Portilla dudó de la propuesta, pero lo que parecían ideas extravagantes de un grupo de Barcelona se fueron volviendo tan evidentes que a Abel, ahora, no le queda más remedio que reconocerlo:

—Poco a poco me di cuenta de que sabían, que aportaban.

Los visitantes le fueron contado el proyecto que una de las mujeres imaginó: construir un poblado en una finca de doce hectáreas donde los niños crecieran sanos, conectados al profundo sentir, a los objetivos que el progreso ha despreciado. Entre dos cerros, soñó la mujer, instalaría una campana para que su reverberación alcanzara toda la extensión. Portilla la fabricará.

Portilla hace campanas con las manos: de un kilo, de cien, de mil. A los 58 años calcula que habrá hecho más de 4.000, así que tampoco es extraño que esta mañana de octubre una pequeña cuadrilla haya venido con una idea poco convencional. Portilla desdobla una página arrugada y en el papel se despliega un corazón con tres definiciones de lo que somos: «Únicos», «Complementarios» y «Uno».


Autor: BARDÓN, Marcos

—¿Y lo que está escrito debajo?

—Yo les decía a ellos que cuanto menos sepan los artesanos, mucho mejor.

Una mujer, entonces, definió lo que él quería decir y ha recogido debajo: «Sabiduría natural».

El pequeño grupo de personas que ha visitado el taller viene de las cumbres sociales catalanas, pero tras educar a una generación en la universidad y en los asideros intelectuales del siglo XX, se dieron cuenta de que aquellas promesas no prometían nada. «Que han aprendido mucho pero no han aprendido nada», resume el campanero.

De su boca sale un castellano cantarín moldeado por el viento sur que sopla a menudo en Cantabria y crispa las ramas, las aguas y los nervios: cualquiera diría que nació en Pedreña, al otro lado de la bahía de Santander, tierra de mariscadoras, golfistas y ganado, porque ese tono es más propio de las montañas que del mar. Entre ambas —la costa y el interior— también ha estado por la mañana junto a los clientes: en Vierna, donde tiene una casa museo construida en el siglo XVI.


Autor: BARDÓN, Marcos

Una mujer del grupo le dijo, durante la visita, que aquel era un lugar con energía especial. Él comenzó a desperezar los seis sentidos y la imagen de la propuesta estrambótica se resquebrajó un poco más porque allí mismo, siglos atrás, había un hospital de peregrinos del camino de Santiago. Todo esto es lo que le ha pasado a Portilla esta mañana de octubre con viento de nordeste.

—Pero esta historia igual no viene a cuento, ¿no?

***

El taller de los hermanos Portilla está en Gajano, un pueblo costero de Cantabria con apenas 500 vecinos. Aquí, en un polígono con un puzzle de empresas, habita una nave sin nombre. Dentro se despliega un universo de campanas nuevas, viejas, medio hechas, por hacer.

Portilla es uno de los pocos artesanos de campanas en Europa, acaso el único en esta España de repique y sacristía. Cientos de campanas de medio mundo tañen con el alma de sus dedos: en Santander, en las cumbres de Montserrat, en Cartagena de Indias, en Cabo Verde, en Venezuela, en Colombia. Su principal cliente, con permiso de soñadores, estrambóticos y mecenas, es la Iglesia.


Autor: BARDÓN, Marcos

—¿Eres religioso?

—Si te digo que sí, mal; si te digo que no, también. La gente que tiene fe no cree en las multitudes— dice convencido—. Lo que hay que tener es fe: a la gente que tiene creencias no la tumba nadie.

Él encierra toda la fe del mundo que después explota en el aullido metálico de las campanas cuya tradición, más que añeja, es milenaria. Su significado, anclado a las más subterráneas aguas del alma, tiene su correspondiente resonancia en muchas de las religiones milenarias. Según la tradición budista, las campanas se componen por siete metales que corresponden a siete planetas; sus siete notas musicales se corresponden con los siete colores del arcoíris y la vibración del sonido anida en lo más profundo del ser.


Autor: BARDÓN, Marcos

A estas invisibles virtudes se le da también un uso más profano y anuncia fiestas, entierros o alegrías. Los tiempos modernos se abrieron a los nuevos usos, pero Portilla prefiere observar en él el efecto de fabricarlas. «Las personas pueden evolucionar o que les mantenga el Estado. Y evolucionar es sacar lo que uno tiene adentro», reflexiona.

El suyo es un oficio extraño y en desuso; una pócima sobre el fuego lento de cinco siglos desde que un holandés desembarcara en el puerto de Laredo —hacia 1610, 50 años antes de que Carlos V lo hiciera en el mismo puerto— y decidiera fabricar campanas. España acababa de morder América e instalarse en el nuevo imperio expandía sus ansias comerciales. Y así, culebreando por caminos de Cantabria, el holandés llegó a Meruelo, el municipio donde se asienta Vierna.


Autor: BARDÓN, Marcos

Portilla se recuerda a sí mismo desde niño magreando moldes de campana. Su abuelo había aprendido de la mano de su tío Constantino Linares Ortiz —quien proveía de campanas a la Casa Real a principios de siglo— y le estampó aquel sello metálico en la sangre. Los genes no perdonan, aunque les salpiquen otros vientos, otras vidas, otras artes. «Es importante rodearte de gente que te aporte conocimientos», sentencia.

El campanero dice haberse abierto a la escultura y a la influencia de un campanero alemán, que le enseñó el arte de las campanas japonesas, y de un «francés de Estrasburgo», dice con poca importancia. A estas alturas, con el otoño desdentado, Portilla llevan fabricadas 44 campanas y hacen al año 60, aunque en su apogeo fabricaban 200. «Hay que guardar el dinero. Este tipo de trabajos tiene que ser como el agricultor, austero», explica. En estos momentos su cuadrilla está colocando una campana de dos toneladas en Sagunto.


Autor: BARDÓN, Marcos

En el vaivén del tiempo, desde que la tradición de los Linares-Portilla se iniciara en el arte campanero, hay paréntesis en otra arte: el de la sucesión. «Hay épocas que desaparece mucha gente», dice Portilla, a quien la modernidad va aislando, su empeño resistiendo y, la realidad, transcurriendo sin remedio. «Cuando mueres, alguien hereda el oficio: siempre lo tuve claro, aunque ahora estamos de capa caída porque lo artesanal es el doble de caro que lo industrial», explica sin demasiada nostalgia.

Portilla no tiene un discurso aprendido. Lanza ideas, sentencias, reflexiones que a ratos o acaban o se pierden en la nada; otras veces parece que envía eslóganes de una publicidad en la que no está muy interesado. Sus manos, de estar algo manchadas, es de arcilla. Y en esa manera de estar en el mundo uno de sus mayores anhelos es mantener las tradiciones lo más translúcidas que sea capaz. Solo concibe respirar las partículas más limpias.

«Desde las instituciones no hay sensibilidad», cuenta, haciendo acopio de la experiencia. Lo único que les preocupa cuando busca el apoyo, dice, es cuánto les cuesta, así que no tiene otra opción que confiar en el ser humano: «De él nacen las ideas». Y, como esas remotas comunidades que nos describen los antropólogos, él predica con el ejemplo, no con la oración, aunque sí dispara contra algunos de los modos de conservación que se emplean.

Por ejemplo, en los mercadillos medievales. «Hay que tener filtros para que pasen adelante los puestos auténticos. Tiene que haber energía. El gorro y la coletilla no son suficientes», reflexiona mientras unas gafas descuajaringadas y pegadas con esparadrapo le sostienen la mirada. «Yo les digo: o ponéis el filtro muy claro o nada».

***

Uno de los empeños de Portilla ha sido mantener los viejos modos en la elaboración de las campanas, como una fidelidad a cinco siglos de tradición. A veces las elabora al pie de las torres donde van a colocarlas. Todos los años hace lo mismo en su casa medieval de Vierna, donde funde una campana en el inmenso horno de leña que tiene instalado.

Decenas de personas y campaneros de toda España se reúnen en la fiesta del tañido. «La gente necesita cosas de esas: si ves una causa noble, la sociedad se entrega. En Vierna, las campanas han conseguido unirlos. Se preocupan», señala Portilla. Este verano organizó el evento una vez más —y ya van 17— y tras una inesperada demora —la leña que recogió Abel estaba húmeda— fundieron una campana ante un público expectante para recordar otros tiempos. Su modo de fabricación esconde, en realidad, un modo tan revolucionario como viejo: la pureza de las cosas.

«Quien diseña una obra grande va delegando y el alma se va perdiendo en el camino. Puede ser muy bonita la piel, pero unas cosas tienen alma y otras solo fachada. Cuando se tocan las campanas artesanales, están calientes, están vivas», reflexiona. Su vida, sus manos, su acento cantarín, la intrahistoria que sujeta su oficio; todo lleva a Abel al mismo lugar que, de sencillo, resplandece. «La vida va dejando marcas y cuando envejeces, vas cogiendo la pátina de la vida», dice convencido.

Las campanas, además de sus cuerpos dulces y refulgentes, son instrumentos musicales. Portilla levanta la mirada de la campana que está trabajando y señala otra cuya nota musical es un si. Pesa 50 kilos. «Es matemática pura», aclara, «y, para hacerlas, parto de un diámetro y empiezo a hacer divisiones». Para conseguir la misma nota debe irse a una campana de 180 kilos para reproducirla en una octava mayor, así que a las destrezas de artesano se añade la del oído. O el oficio: Abel tiene oficio y sabe de memoria qué nota se le arranca a 50 centímetros de diámetro y 46 kilos de bronce: un sol.

Dice una leyenda que, cuando sonaba la campana de Toledo, una de las más grandes del país, abortaban las mujeres; otras, hablan de curación. Entre vibración y frecuencias por el viento, Portilla tiene intenciones parecidas en cada tañido: transmitir la alquimia de la vida.

Cada encargo es diferente. Los pedidos que llegan desde España y América Latina suelen ser por tamaño, por lo que el sonido dependerá de las dimensiones. Si un campanario alberga dos instrumentos, cada una de ellas deberá de tener una nota diferente para que no suenen igual. En las campanas que elabora para Europa, el criterio está sujeto al lenguaje musical: si hay un grupo de campanas, cada cuerpo estará diseñado para emitir una nota musical que encaje en la sinfonía.

Desde las estructuras de barro y bañadas en clara de huevo —el molde de la campana— a las filigranas de cera que harán el relieve, todo el proceso de elaboración tiene tintes artesanos, mientras que las estructuras que moldean la campana de bronce son de un solo uso. Al acabar la fundición, Portilla aporrea las capas que cubren el instrumento que, como nacido por cesárea, aparece envuelto en los cuerpos que lo engendraron.

***

Portillo no recuerda muy bien cuál ha sido el encargo más extraño que ha recibido a pesar de que haya recorrido América instalando campanas, a pesar de la visita en esta mañana ventosa, a pesar de que diga que la última campana que ha hecho es la que más le marca. «Esa es la mejor. Toda la gente que se fía de ti. Cuando son entendidos de la materia», explica, «tienes que dar en la clave».

Pero, sin pretenderlo, siempre gotean historias que han cambiado el rumbo de una pieza. Por ejemplo, el día que Portilla fue a Os de Balaguer a entregar la segunda campana que le habían encargado y fue con el pintor Víctor Pedra a unas bodegas. El hermano de Pedra iba a vendimiar los cultivos con un gran amigo, Miquel Barceló, pero comenzó a llover y los dos artistas se quedaron a cubierto. Portilla acabó comiendo con todos ellos y absorbiendo ideas que Barceló iba lanzando. Hay campanas hechas por este pedreñero con aliento Barceló y el surrealismo estampado en el bronce.

A pesar de las sugerencias ajenas, fabricar campanas con las manos —ya lo decíamos— no es común a estas alturas, pero en al caso de Abel parece que no existen escondrijos para dejarlo de hacer. Quizá para convencerse, hace la media de ingresos a diez años, para compensar las temporadas de buena cosecha y las de sequía, y quizá por eso el oficio sea también algo más. «Tienes que estar bien aplomado», dice. Es el único modo de seguir siendo el maestro campanero que le reclaman.

—¿Te consideras un maestro?

—Maestro de nada—dice rápidamente— El asunto es que, si haces campanas, por algo será. Cuando uno se siente considerado por otros, por algo será.

A Portilla no le sirve cualquier cosa. Por sus palabras, se observa que junto al fuego y los lingotes de bronce que gestan los instrumentos, hay que añadirle honestidad. «Que el dinero a la hora de sacarlo no vale cualquier cosa. Tiene que ennoblecerte para ir con la cabeza alta», reflexiona, y estira su convicción al extremo: «En esta sociedad puedes hasta matar y salvarte si tienes un buen abogado, pero ahí están los valores».

Son las seis de la tarde y el aire riza las aguas del Cantábrico. Portilla no perdona días así. Sale hacia su camioneta, donde tiene cargada la tabla de windsurf para «cabalgar el agua» y uno piensa que alguna relación tiene ese arte de levitar sobre el mar con el de su oficio. «Hacer campanas», responde atropelladamente, «también es cabalgar».

COBO, Diego

Yorokubu (22-11-2017)

  • PORTILLA, ABEL (GAJANO): Inventario de campanas
  • Fabricación, fundición de campanas: Bibliografía

     

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