FERNÁNDEZ, José Manuel - Colomera, la Columbaria

Colomera, la Columbaria

Integrada en los Montes, su nombre procede de Columbaria, que significa tierra de palomas

Los árabes hicieron de ella una de las siete fortalezas que defendían el Reino de Granada

Por estar tan cerca de Granada, Colomera pasa desapercibido para la mayoría de la gente. Sin embargo, es uno de los pueblos donde la historia ha sido benévola. Pertenece a la comarca de los Montes Orientales y su nombre procede de Columbaria, que significa tierra de palomas. No obstante, a los árabes granadinos les gustaba apodarle Granada la Chica e hicieron de ella una de las siete fortalezas que defendían el Reino de Granada.

Desde el siglo II fue ocupada por los romanos como demuestran los restos de un poblado cerca del cortijo El Chopo o el famoso Puente Romano que se halla junto al destrozado molino denominado la Puente. Este entorno, pudiendo ser un punto referente para el turismo, es por el contrario un lugar abandonado, donde apenas quedan restos del antiguo molino que abastecía de pan al pueblo y las aguas que antaño movían los rodeznos y por donde bajan ahora turbias y malolientes. Alguien debería hacer algo con este paraje natural.

Siguiendo por el paseo por el pueblo, la iglesia de la Encarnación del siglo XVI fue construida sobre el solar de una antigua mezquita llamada por algunos la Catedral de los Montes Orientales. En ella destacan sus elementos de estilos distintos y de transición entre el inicial gótico-mudéjar y el posterior renacentista, especialmente a través de las intervenciones de Diego de Siloé. De especial belleza es su Virgen de Belén atribuida a Alonso Cano, la Pila Bautismal o la talla del Cristo Rojo que por pisar el pie izquierdo en su crucifixión al derecho, le valió estar durante más de 40 años oculto en los sótanos de la iglesia. Las ruinas del castillo fueron en su día fortaleza de frontera y han quedado como mero testimonio de un pasado de la grandeza en esta villa.

Leyenda La Cueva de las Campanas

Cuenta la leyenda que la Guerra Civil hacía poco que había terminado y Enrique Pajares, con apenas doce años, ya sabía de la crueldad de este mundo. No en vano en la contienda había perdido a su padre y a dos de sus hermanos pequeños, al primero en una batalla cerca de un río muy grande, según le contaron en la casa de la abuela, y a los hermanos por unas fiebres que se contagiaban y eran muy dañinas. Así que a él, que era el mayor de la familia, lo mandaron a vivir a casa de la abuela paterna para que no se contagiase y allí se quedó incluso después de la guerra.

Así, durante el tiempo de posguerra, las cosas del comer andaban bien exiguas en la casa de la abuela, que a pesar de rebuscar por cielo y tierra y prestarse como plañidera (llorona) en los velatorios de los difuntos por un 'cuartillo' lleno de garbanzos o habichuelas que la mayoría de las veces iban más bien 'raídos'. El hambre seguía haciendo estragos convirtiéndose en compañero inseparable de Enrique.

Un día que se encontraba ayudando al cura en las labores de la sacristía escuchó hablar a éste con el alcalde del pueblo sobre las campanas de la iglesia de la Encarnación, que habían sido ocultadas por un feligrés durante la contienda con el fin de protegerlas del bando enemigo para que no fueran reconvertidas en armas. El buen samaritano falleció en el transcurso de la guerra y no dejó a nadie dicho donde se ocultaban las campanas. El cura mencionó que el obispo daría buena recompensa a quien diera información sobre el asunto.

Enrique pensó que si descubría el paradero podría mejorar la situación económica de su familia. Tendría que pensar por dónde empezar y como siempre que quería estar solo con sus cavilaciones, se fue a las ruinas del castillo moro situado junto a la Iglesia. Aquel lugar siempre le reconfortaba. Sus muros casi derruidos y los aljibes llenos de juncos tenían algo especial, casi mágico, que hacían que se sintiera como el dueño del mundo y desde allí alimentar el alma con la belleza del entorno, que era espectacular. La altura en la que se encontraba la derruida fortaleza encaramada en lo alto del peñón como un nido de águilas podía ser vista desde Granada.

Ensimismado estaba en un lugar de la fortaleza llamado el sillón de la reina cuando un viento inesperado le arrancó un pañuelo rojo que siempre llevaba anudado al cuello y que, por cierto, era el único recuerdo que tenía de su padre, elevándolo por los aires hasta el cerro de enfrente. Enrique corrió desesperado para recuperarlo por lo que tuvo que bajar de la peña, atravesar el antiguo cementerio y un lugar al que le llamaban El Hundidero por unas fuertes tormentas que destruyeron la mitad del pueblo que existía detrás de la iglesia. Subió a través de la ladera donde el devenir del tiempo había convertido en cuevas parte del monte y refugio de los pastores. Al fijarse en una de aquellas oquedades vio el pañuelo que se había quedado sujeto a una zarza a la entrada de una de las cuevas. Después de cogerlo y anudarlo bien al cuello, le intrigó aquella caverna que por su profundidad se perdía en las entrañas de la tierra. Ni corto ni perezoso cogió una piedra y, con fuerza, la tiró a la negra bocana. De inmediato sonó un ruido metálico y peculiar. De pronto, los pelos del cogote se le erizaron y los ojos quisieron ver más allá de donde la luz moría, pero la terrible oscuridad permanecía bloqueando su visión. Necesitaba una antorcha para poder penetrar en la gruta, pero… ¿de dónde iba a sacar él una antorcha?

A sabiendas de que le iba a costar una buena regañina y algún que otro coscorrón, se desató una de las albarcas que llevaba puestas y con una cerilla de las que tenía para encender las velas de la iglesia le prendió fuego a la suela que había hecho demasiados kilómetros en algún viejo vehículo, prendiendo a las mil maravillas eso sí, con un humo negro como el mismísimo diablo. La intensa luz que producía su ingenioso artilugio le permitió avanzar en la gruta y comprobar con alegría como estaban allí las campanas de la Iglesia de la Encarnación.

Si fue suerte o casualidad nunca lo sabremos. Para Enrique fue el alma de su padre quien le guió hasta la Cueva de las Campanas de Colomera y que hoy en día conoce todo el pueblo.

Hay un acertijo referente a las campanas que dice así: María me llamó y cien quintales peso, el que no me crea que me lleve a peso. De la Iglesia a la plaza y de la plaza a mi casa.

FERNÁNDEZ, José Manuel

Granada Hoy (25-07-2017)

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