DAZA OROZCO, Mary - Ya no suenan las campanas

Ya no suenan las campanas

Recibí una tarjeta de Navidad en la que, como es costumbre, me deseaban felicidades. Dos campanas doradas atadas con una cinta roja, un dibujo tradicional, que se repite todos los años. Ya solo mandan tarjetas uno que otro amigo, de esos que se quedaron, como yo, suspendido en la nostalgia de los viejos tiempos. Ahora se desean parabienes por Internet, con música y movimiento.

Ese dibujo navideño no se me quitaban de la cabeza, y desbordó mi imaginación. Fue frente a la iglesia de La Concepción, en el centro de la ciudad, cuando tuve el impulso de subir a su torre y tocar las campanas, para que este pueblo despierte de la mediocridad. Me detuvo la realidad: ya nadie escucha las campanas, si suenan son absorbidas por el bullicio de un mundo indiferente que va dejando a un lado las costumbres. Cuando era una niña, allá en el pueblo, las campanas tocaban alegres para anunciarnos que era hora de ir al colegio; a veces sonaban serias y era el anuncio de la misa y cuando doblaban, anunciaban algún sepelio. Había un toque especial, fuerte, alarmante cuando anunciaban fuego, ardía alguna casa, y la gente salía con baldes de agua a apagar el incendio. Me contaron mis mayores que vivieron una época en que las campanas sonaban por las tardes, para invitar al rezo del rosario o para anunciar si la película que proyectarían en el cine pueblerino era prohibida o no, después encontré esta costumbre en la novela de García Márquez, ‘El coronel no tiene quién le escriba’.

Las iglesias modernas no tienen campanarios, esos campanarios románticos en donde las aves hacían sus nidos y en países lejanos las cigüeñas melancólicas y misteriosas se asomaban desde las torres y oteaban la lejanía, inspiraron a muchos poetas. Deseché las ganas de tocar las campanas, contra la mediocridad, porque no sabría cómo hacerlo y porque los templos permanecen cerrados por miedo a los robos, a los atracos, a la inseguridad rampante.

Hablé de mediocridad, esa que nace de una reluctancia a ver hacia lo alto, a escalar montañas y alcanzar la cumbre y lograr la excelencia; mediocridad es seguir el camino plano y recorrerlo porque los demás lo han seguido. Según José Ingenieros, en ‘El hombre mediocre’: “la mediocridad es no ser capaz de usar la imaginación para tener unos valores, unos ideales por los que luchar. Por eso el hombre mediocre está basado en la rutina y los prejuicios”.

Volvamos a las campanas. Al pasar por la plaza fue cuando me detuve un rato pensando en Giannina Braschi, la que escribió ‘El Imperio de los Sueños’, que para hacerle una liberación espiritual a la narradora de su novela, la pone a tocar las campanas de la catedral de San Patricio, en New York.

Ya no suenan las campanas, las de las iglesias, pero esas que no son de bronce, sino de manifestaciones de la vida cotidiana si lo hacen a arrebato, tañidos que son voces, son cantos, son desastres naturales, son guerras nos dicen que el mundo va mal, que el país va mal, que la familia va mal, que debemos sacar la cabeza de la caverna y mirar a lo alto, es más, que nuestro mundo interior tiene que comenzar el ascenso y dejar atrás el abismo en que quiere hundirnos la mediocridad. (De mi libro inédito: Crónicas en consignación).

DAZA OROZCO, Mary

El Pilón (11-12-2017)

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