LLOP i BAYO, Francesc - Pasión, muerte, ¿resurrección? de los toques de campanas tradicionales

Pasión, muerte, ¿resurrección? de los toques de campanas tradicionales

Los toques de las campanas constituyeron, durante siglos, el medio de comunicación de masas más eficaz: conformaban el tiempo de la comunidad, marcaban los límites espaciales, reproducían la estructura del grupo, servían para defenderse de los ataques físicos y espirituales. Su eficacia, nunca mejorada, se basaba en la producción de unos sonidos armónicos de gran potencia, para atender a los cuales no hacía falta ningún aparato receptor: las campanas llegaban a toda la comunidad, y era preciso compartir el código para comprender la riqueza de sus toques. Su interés fue decayendo, y hemos asistido, en poco más de veinte años, a un verdadero proceso de pasión, muerte y resurrección, que queremos relatar.

Pasión

Los toques de campanas se empleaban en comunidades de tamaño medio o pequeño, y en sociedades relativamente compactas. Los toques, sobre todo, no correspondían únicamente a anunciar actividades religiosas, como podríamos creer: las llamadas a misa, por hablar de un tópico, no significaban más de un 5, un 10 % de la totalidad. Los toques, sobre todo, servían para coordinar las actividades comunitarias, en un momento en que el nivel tecnológico, todo lo complejo que se quiera, estaba íntimamente relacionado con los ciclos de la Naturaleza. Dicho de otro modo: no es que los toques fueran "variables" a lo largo del día, es que correspondían a otra idea del tiempo, que ha llegado casi hasta nosotros. Es decir, el toque "del alba" se toca en el momento en que se hace de día, en que hay luz natural para iniciar las actividades. Por tanto, en invierno será a "una hora", y en verano a "otra hora",

Los toques fueron desapareciendo poco a poco: muchas actividades rituales iban perdiendo su eficacia, precisamente porque la gente dejaba de creer en ellas. Así, en Castilla dicen "De la Cruz de Mayo hasta la Cruz de Septiembre, repicar las campanas hasta que se quiebren", y esto quiere decir que desde el 3 de mayo hasta el 14 de septiembre se repicaba de manera especial, a mediodía, para proteger las cosechas de las tormentas con ese toque. El toque de tormentas desapareció, aunque los campaneros seguían creyendo en él, hacia los años sesenta, porque los campesinos, incrédulos, ya no pagaban su ración de grano para estar defendidos. También se dejó de tocar por los agonizantes o por las parturientas, mientras que otros toques, de gran tradición, como la apertura y el cierre de las murallas, las llamadas al concejo o el aviso del ganado comunal, iban languideciendo por falta de uso.

A todo esto vino el Concilio Vaticano II, pensado desde una mentalidad de reforma intelectual de las creencias, de las actitudes y de los ritos de la Iglesia. Esto supuso la simplificación, cuando no la desaparición, de amplios conjuntos de rituales, que estaban relacionados con las necesidades más primarias de la vida: la enfermedad, la muerte, la sequía... En consecuencia, los toques que acompañaban estos ritos desaparecieron. Porque, precisamente, la mayoría de los toques tradicionales servían no tanto para anunciar (lo que supone una acción anterior a otra) cuanto para informar y para acompañar (es decir para sonar en el mismo momento que ocurre algo: una defunción, el paso de la procesión por cierto lugar, la llegada de un personaje, ciertos momentos de la misa mayor).

Muerte

La muerte de los toques de campanas se produjo de dos maneras bien diferentes: en la mayor parte de las Comunidades Autónomas, los toques fueron languideciendo, y seguían sonando, mientras los últimos sacristanes los interpretaban. Estos últimos campaneros realizaban unos toques, llenos de significados, que sólo ellos reconocían, no tanto por que inventasen o improvisasen, que no lo hacían, cuanto que se referían a otro modo de vivir y de ver el espacio, el tiempo y la comunidad. Y estos campaneros hacían distinciones entre los entierros, señalando, según las tradiciones locales, la cofradía a la que pertenecía el difunto, su edad, su sexo y su residencia, mientras que en la iglesia se hacían "todos los entierros igual". Y lo mismo ocurría con los avisos para las distintas fiestas, señalando y significando diferencias que solamente los mayores sabían reconocer.

En la Comunitat Valenciana, sobre todo, ocurrió un fenómeno totalmente opuesto: aquí las campanas siguen teniendo un gran valor como medio de comunicación y de expresión comunitario. Por eso la mayor parte de los campanarios de los pueblos y de las ciudades valencianos tenían campanero, que en este caso, y debido a la multitud de toques, era un profesional, pagado, diferente de los sacristanes. Sin embargo los valencianos, a veces a su pesar, profesan el culto a lo moderno, al cambio, a la novedad, a la última moda. Y en esos mismos años sesenta hubo no menos de mil campaneros sustituidos por motores, que pulsan, ahora, unas siete mil de las ocho mil campanas existentes en las tierras valencianas. No hay otra Comunidad Autónoma que tenga un nivel tan alto de electrificación, un número tan elevado de motores aplicados a las campanas.

La muerte, por tanto, de los toques tradicionales de campanas, se produjo de dos maneras: en la mayor parte de los lugares de la península por envejecimiento y muerte de los campaneros, a los cuales nadie más que el silencio sustituía. En las tierras valencianas, sin embargo, los campaneros aún en activo, fueron sustituidos por motores, por un culto insospechado, irreverente e irrefrenable al Progreso, al Motor, a la Modernidad mal entendida.

En el primer caso, la pérdida era importante: los toques de campanas, que constituyen tradiciones locales, llenas de matices propios, se transmiten por tradición oral. En este caso, la muerte del campanero supone, casi siempre, la desaparición irreversible de la tradición. Sin embargo el daño es relativamente pequeño respecto a la llamada "cultura material": las campanas, mudas, sucias, abandonadas, están íntegras, envueltas en el silencio y el olvido.

En el segundo caso, el daño es mucho mayor. No solamente desaparecen las tradiciones de los toques: también se pierden las instalaciones. Los antiguos yugos de madera, a veces centenarios, se substituyen por vigas de hierro, que suenan mal, que rompen las campanas y los muros, y que afean los campanarios. Las nuevas instalaciones, además, no solamente no reproducen la sonoridad tradicional: también impiden los toques manuales antiguos. A cambio del Progreso, del Motor, del Futuro, mal entendidos, se pierden casi todos los rasgos culturales que durante siglos caracterizaron a cada comunidad.

Campaneros que se van, motores que vienen, todo parecía, hasta hace poco augurar el fin de la tradición de los toques de campanas.

Resurrección

Cuando todo parecía perdido, como otro más de los precios que hay que pagar por el Desarrollo, aparecieron los nuevos grupos de campaneros, que representan, felizmente, la renovación de un instrumento musical, el más alto y sonoro, que jamás debió perderse.

Así surgen los encuentros de campaneros tradicionales, a veces unidos a las exhibiciones y concursos, que juntaban a los viejos tañedores, aunque poniéndolos en competición.

En tierras valencianas ha surgido otra forma de tocar las campanas. Aquí, donde casi todas las campanas suenan motorizadas, han aparecido, en los diez últimos años, grupos de jóvenes que, desde la reflexión, desde la investigación y la participación en el paisaje sonoro de la comunidad, pretenden recuperar esos toques manuales. Ya no son campaneros profesionales (¿Quién podría pagar los cerca de doscientos toques anuales, interpretados por una media de cinco personas, en la Catedral de València?), sino que se trata de grupos profesionalizados, que a menudo no cobran, organizados en forma de asociaciones culturales, con sus seguros de accidentes, sus revistas, sus publicaciones, sus encuentros, sus congresos. Así surgió, en 1988, el GREMI DE CAMPANERS VALENCIANS, que incluye miembros de toda la Comunidad, encargados sobre todo de los toques de las Catedrales de Segorbe y de València. No solamente realizan actividades a lo largo del año: también se montó en Segorbe, en 1991, el I Congreso Europeo de Campaneros de Catedrales asistiendo participantes de Alemania, Italia, Francia, Bélgica, Gran Bretaña...

También surgen otras asociaciones similares, en Catalunya y en otras Comunidades Autónomas, en espera de la creación, hace tiempo anunciada, de la A.C.I. (ASOCIACIÓN DE CAMPANOLOGÍA IBÉRICA), que represente a los campaneros, los investigadores y los aficionados a las campanas de toda la Península en las Asociaciones Internacionales...

La recuperación de las campanas sigue también otros caminos: no sólo se trata de recuperar los toques; también hay que recuperar las instalaciones. Y nuevamente la Comunitat Valenciana ha sido la pionera en la realización de restauraciones ejemplares, como la de Cheste o la de la Catedral de València, donde se han vuelto a instalar los yugos de madera, de acuerdo a modelos tradicionales. Se han instalado motores, gobernados por ordenador, que reproducen los toques tradicionales, sin impedir los toques manuales. Finalmente se han puesto en práctica técnicas de vanguardia, que parecían imposibles, y que justificaban las destrucciones vandálicas de nuestros fundidores: hay campanas soldadas, y suenan bien, hay campanas diseñadas por ordenador, y se integran perfectamente en el juego original.

La llevada de seis campanas góticas al Pavelló Valencià de la Expo de Sevilla, permitió ofrecer cerca de ochocientos toques manuales en la Exposición Universal, ofreciendo el sonido y las técnicas de los más antiguos instrumentos musicales vivos: es sabido que una campana, a lo largo de los siglos, apenas varía unas centésimas de semitono, sonando igual que cuando fue concebida.

Hacia un futuro posible

Las campanas, desde luego, seguirán sonando. Pero estas últimas acciones, los toques manuales, las restauraciones respetuosas, permiten recuperar la diversidad de los toques, la riqueza de los ritmos, la multiplicidad de las formas. No olvidemos que, afortunadamente, no hay códigos comunes, con lo cual un mismo toque, el de final de fiesta de la Catedral de València, significa el toque de difuntos de los pueblos de la cercana Huertas, o una simple llamada de los campanarios europeos.

Se trata, por tanto, de recuperar el respeto hacia los toques, de renovar la "normalidad" de los campaneros y de su misión, la de constructores de la más alta, sonora y antigua música viva de la comunidad.

Dr. Francesc LLOP i BAYO

Francesc LLOP i BAYO (València 1951) es doctor en Antropología Social por la Universidad Complutense de Madrid., con una tesis sobre los toques tradicionales de campanas en Aragón Durante muchos años trabajó de mecánico de la Compañía Telefónica, aunque ahora es uno de los técnicos de Etnología de la Generalitat Valenciana. Es campanero desde 1971 de la torre del Patriarca, de València, y en 1988 participó en la creación, con muchos otros, del GREMI DE CAMPANERS VALENCIANS. Desde entonces se encarga esta asociación cultural del toque de las campanas de las Catedrales de Segorbe y de València. En esta última torre se realizan no menos de 200 toques manuales al año.

  • GREMI DE CAMPANERS VALENCIANS (VALÈNCIA) : Toques y otras actividades
  • Destrucciones de campanarios y campanas: Bibliografía
  • Francesc LLOP i BAYO: bibliografia

     

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