CRESPO RUANO, J. - Nuestras viejas campanas

Nuestras viejas campanas

San Bartolomé de Jávea

I

Estos pensamientos están concebidos en la nublada lucidez de una media noche, tras el volteo obsesionado de un jubiloso redoblar de vísperas. Sentía bloqueadas las fuentes de la sensibilidad y la voluntad sujeta por una inconformidad hostil.

Parecía que estas campanas no tenían la suficiente madurez, ni la estructura musical conveniente para excitar la vena jubilosa de las gentes. Sus sonidos me parecían muy de ahora, sin referirse a ningÚn día pasado. Sin embargo, esta misma actitud excéptica, fue la que me llevó insensiblemente a muchos años atrás, cuando otras campanas (de venerable vejez y de cristianas leyendas) tenían la proverbial ejecutoria de llamarnos a un orden cristiano y reducirnos a límites exactos.

No tenían aquellas viejas campanas una sola vibración, un solo latido, que yo no supiera traducir, como un lenguaje vivo y concreto pronunciado para decir lo que se quiere.

Sus sonidos tenían el secreto de cada momento, una emoción que solemnizaba todos los arrebatos, lo mismo que cuando crecían hasta armonías metafísicas, que cuando descendían a niveles más humanos y concretos.

Sus voces querían estar en todo, dejarse sentir en todo. Mezclarse en los puros olores, en la luz deliciosa y cegadora, descender hasta el fondo de la materia, chocar con la dureza del pedregal desnudo.

Era la voz permanente y alerta que nos despertaba en la aclarecida de cada amanecer, cuando los Últimos jirones de la niebla empezaban a desvanecerse en el lecho esponjoso de la huerta, dejando paso a una vida vegetal nueva. Horas de alba, al rececho de blandos rocíos, que permitían entrever la errática pincelada de las adelfas en el cauce tortuoso del río. Después, el cielo empezaba a llenarse de gloria.

Y era precisamente entonces, cuando aquellas viejas campanas, graves y dogmática, rompían el silencio virgen de la madrugada, para anunciar la primera plegaria del día:

"El angel del Señor anunció a María…"

Y el vivo clamor de los bronces, hacía extremecer de espanto a las medrosas lechuzas que cabeceaban el primer sueño en los carcomidos huecos de la torre.

II

Con la gozosa luz del amanecer, todo adquiere confirmación y medida. Todo se maciza y estructura en un fondo de resurrección. Hasta el lejano recuerdo de nuestras viejas campanas, se siente liberado del mundo anónimo y encubierto por los abismos de la nada.

La "Tófola", de nueve quintales de peso. Bendecida el 24 de octubre de 1575, por mano del venerable rector don Bartolomé Dalp y apadrinada por el "Batle" don Juan de Urteaga y Angela Duart.

Su nombre era puro escape fonético. Demasiado sabían los hombres de entonces que aquel nombre no admitía esta variación genérica, pero el placer de llamarla con aquella libertad seudónima, se fue diluyendo en la expresión íntima y candorosa del pueblo, hasta penetrar en la conciencia vernácula de nuestro lenguaje.

La "Cristóbal", de cinco quintales, bendecida el mismo día que la anterior y apadrinada por don Cristóbal Sapena y Ana Bas, doncella, hija de Jaime.

Era la voz más generosamente auditiva, el fondo constante en el redoblar de las fiestas mayores.

La "Bartolomeue-María-Antonia", setenta y seis años más joven. Bendecida por el Pavorde Dr. D. Bartolomé Borrull, el 9 de febrero de 1651. Tenía 27 quintales de peso, 108 arrobas. La apadrinaron don Francisco Esteve, "Jurat en Cap", y Francisca Torró, esposa de Jaime Cruanyes, "Batle" de la villa.

Campana "gorda"; la mayor. Pausada y obesa. Exigía la destreza de tres hombres para su difícil volteo. Oí decir en mi niñez, que muchos hombres y mujeres de Jávea hicieron aportación espontánea de joyas y aderezos, para fundirlos en la gran calda donde gestaba su encarnación.

La postrera fue bendecida e instalada en su pórtico el 11 de febrero de 1843. Ofició la ceremonia el rector titular don José Sendra. Se le impuso el nombre de "San Bartolomé Apóstol" y actuaron de padrinos don Vicente Sapena y doña Rosalía Bolufer.

Su ascensión fue como un vuelo de arcángel. Subía con sus brazos abiertos buscando cielos más concretos, donde pueden sentirse mejor las altas purezas eucarísticas.

III

Al final, me he sentido solitario en medio de una escena desierta. Los aires de han dormido [sic en el original], el cielo ha dejado de respirar. Los ecos turbadores del redoblar de vísperas se fueron perdiendo en los confines del silencio, y en los oídos, sólo ha quedado un leve y lejano rumor de marea, que me parece escuchar en el brocal de una caracola…

J. CRESPO RUANO
"Revista Fogueres" – 1971 – Xàbia
  • XÀBIA: Campanas, campaneros y toques
  • Campanas (epigrafía, descripción): Bibliografía

     

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