RODRÍGUEZ MIAJA, Fernando E. - Las campanas, voces en el tiempo

Las campanas, voces en el tiempo

para Arcadio Huerta Rodríguez, In Memoriam

Como una medida de duración entre dos sucesos definen al tiempo los científicos. Entre los diversos sistemas de unidades que se utilizan para medir el tiempo (como el latino MKS: metro-kilogramo-segundo, o el anglosajón FPS: “foot-pound-second”, o sea, pie-libra-segundo), destaca el denominado Sistema Internacional. En esta clasificación, que hoy es de uso corriente, el segundo se considera como la medida más elemental del tiempo y se define en función de la vibración de la radiación absorbida por átomos del elemento químico cesio. Desde el punto de vista astronómico, el “tiempo solar” se mide con respecto al Sol, “el tiempo sideral” toma en cuenta las estrellas y el “tiempo lunar” se basa en el tiempo transcurrido entre dos Lunas nuevas sucesivas.

El tiempo es la cuarta dimensión. En la naturaleza, todo evento queda especificado por cuatro parámetros: su posición en el espacio (el equivalente a longitud, latitud y altura) y su posición relativa en el tiempo (antes, después, durante, ahora…). Tanto para los acontecimientos de las partículas cuánticas (motivo de la teoría de la relatividad en la física teórica), como para la vida cotidiana del hombre, la coordenada del tiempo sirve para establecer una ubicación precisa en el acontecer del universo.

Simbolismo

El tiempo siempre ha estado vinculado a las campanas. ¿Quién de nosotros no recuerda aquellos viejos relojes –como el de los abuelos– que marcaban el tiempo del juego o de las comidas en la apacible vida de todavía hace algunas décadas? Así, de los campanarios y su sonido angélico, las campanas pasaron a formar parte de la vida civil, conservando, si no su simbolismo religioso, por lo menos su oficio de marcadores del tiempo. Tal es el caso de famosos relojes, como el Big Ben, que a la fecha reconocemos como símbolo de la vida londinense y quizá aún de toda la cultura inglesa. De la misma manera, el reloj de la catedral de México, construido por Manuel Tolsá, sigue marcando el paso del tiempo, como continuo palpitar de la agitada vida de la metrópoli.

La palabra latina campana no ha sido siempre la que se empleó para nombrar el objeto con el que hoy la asociamos. Tintinábulum es un vocablo onomatopéyico que se utilizaba en los tiempos del Imperio Romano, el cual aludía al sonido que producían las campanas al repicar. En el lenguaje litúrgico, la Iglesia cristiana antigua empleaba el término signum, o sea “señal”.

El vocablo campana se utilizó por primera vez en un documento del siglo VI. Uno de los lugares en que estos instrumentos empezaron a utilizarse con regularidad fue una región italiana denominada Campania, de donde tal vez se tomó el nombre para identificar el objeto en cuestión. Como sea, las campanas sirven para “señalar”, como indicadoras de la vida del templo, marcando las horas de las asambleas y de la naturaleza de las funciones sagradas, como símbolo de la voz de Dios. Cuando se bendice una campana, el sacerdote pide que “…a su sonido se ahuyenten los dardos de fuego del enemigo, el furor del rayo, el ímpetu del pedrusco y el daño de las tempestades”.

Las campanas son instrumentos de percusión que cumplen una función simbólica para toda la humanidad. Además de medir el tiempo, su voz repica en un lenguaje universal, entendido por todos, con sonidos que reverberan con absoluta pureza, en una expresión eterna de sentimientos, “por pena o por alegría”, como dijera Chateaubriand. A todos nos emociona el concepto tan magistralmente expresado por Hemingway: “¿por quién doblan las campanas?”

Escuchar campanas hace que se pueda olvidar cualquier dificultad. En algún momento, todos hemos estado a la espera de que “toque la campana” para señalar el fin de la pelea… y hasta “del recreo”. En los ajetreados tiempos modernos, aun sintetizadores y relojes electrónicos emulan el tintineo de los grandes carrillones. No importa de qué religión sean las iglesias en donde eleven su voz, las campanas brindan un indudable mensaje de paz para toda la humanidad, al margen de cualquier raza, nacionalidad o creencia religiosa. El vuelo de las campanas al viento lanza al mundo un eterno mensaje de júbilo y regocijo. A decir de una leyenda flamenca del siglo XVIII, las campanas tienen múltiples funciones: “alabar a Dios, reunir al pueblo, convocar al clero, plañir a los difuntos, alejar las pestes, atajar las tempestades, cantar las fiestas, excitar a los lentos, aplacar los vientos…”

De sonoro bronce

En la actualidad, las campanas normalmente se funden a partir de una aleación de bronce, es decir 80% cobre, 10% estaño y 10% plomo. No pasa de ser una leyenda la creencia de que el timbre de las campanas depende de las pequeñísimas proporciones que puedan contener de oro y plata. En realidad, la sonoridad, el tono y el timbre de una campana dependen de su tamaño, su espesor, la colocación del badajo, la composición de la aleación y del proceso de fundición empleado. Jugando con todas estas variables –al igual que en las diversas combinaciones de un carrillón–, puede lograrse un alto grado de musicalidad.

En los momentos culminantes del día, las campanas llaman al recogimiento y a la oración. Voces jubilosas y solemnes, marcan todo tipo de acontecimiento. Los repiques de campanas pueden ser diarios o especiales; entre estos últimos, los hay solemnes, festivos o de duelo. Como ejemplos de los solemnes están los del jueves de Corpus Christi, Jueves Santo, Sábado Santo y de Gloria, el toque del Domingo de Resurrección, etc. Como toques para días festivos, tenemos el repique que se da por la paz del mundo todos los sábados a las doce del día, o sea el momento de la oración mundial. Otro repique tradicional es el 15 de agosto, fecha en que se celebra la fiesta titular de la catedral metropolitana de México, para conmemorar la Asunción de la Virgen. Otra ocasión memorable es el 8 de diciembre, que se celebra la Purísima Concepción de María. Tampoco podía faltar el repique del 12 de diciembre, para celebrar a la Virgen de Guadalupe. En diciembre también se realizan los toques festivos de Nochebuena, Navidad y Año Nuevo.

Un toque solemne se realiza con todas las campanas catedralicias, cuando el Vaticano anuncia la elección de un nuevo pontífice. Para indicar duelo a la muerte de un papa, se toca noventa veces la campana mayor, con una frecuencia de una campanada cada tres minutos. Por la muerte de un cardenal, la cuota es de sesenta campanadas con el mismo intervalo, mientras que por la muerte de un canónigo se dan treinta campanadas. Además, se oficia una misa de Réquiem, durante la cual las campanas doblan en señal de luto. El dos de noviembre se ruega por los difuntos en el día de su festividad.

En las iglesias se suelen tocar las campanas de manera regular, a lo largo de cada jornada: desde la oración del alba (entre las cuatro y cinco y media de la mañana), la denominada “misa conventual” (entre las ocho y media y las nueve horas), la oración de tarde (cerca de las seis) y el repique para recordar a las benditas ánimas del purgatorio (la última llamada de campanas del día, a las ocho de la noche).

Veamos algunos datos históricos: En la Nueva España, el 31 de mayo de 1541, el cabildo eclesiástico acordó que el momento de la elevación de la hostia debería de estar acompañado por un repique de campanas. El “Ángelus Domini”, o “Ángel del Señor”, es una oración en honor de la Virgen que se reza tres veces al día (en la hora del alba, a mediodía y al anochecer) y se anuncia por medio de tres repiques de campana separados por cierta pausa. El toque de oración del mediodía se instituyó en 1668. El repique diario “a las tres horas” –en memoria de la muerte de Cristo– se estableció a partir de 1676. Desde 1687, la oración del alba empezó a repicarse a las cuatro de la mañana.

A partir de principios del siglo XVII las campanas comenzaron a doblar por los difuntos de cada día, a las ocho de la noche. La duración del repique dependía de la dignidad del fallecido. Los repiques por los difuntos se multiplicaron a tal grado, que en ocasiones llegaron a hacerse intolerables. El gobierno civil solicitó que estos repiques se suspendieran durante las epidemias de viruela de 1779 y de cólera asiático de 1833.

El toque de “plegaria” o “rogativa” se hacía para invocar a Dios en el remedio de alguna grave necesidad (como sequías, epidemias, guerras, inundaciones, temblores, huracanes, etc.); también tañían para desear un feliz viaje a las naos de China y de la flota de España. El “repique general” era toque de regocijo (como para celebrar la entrada de virreyes, la llegada de buques importantes, la victoria en batallas contra corsarios, etc.)

En ocasiones especiales se hacía lo que se llamaba “tocar aparte” (como en el caso del nacimiento de algún hijo de la virreina). El “toque de queda” era para avisarle a la población el momento en que debían recogerse en sus casas (en 1584 se tocaba de nueve a diez de la noche; en distintas formas, la costumbre perduró hasta 1847). El “toque a fuego” se daba en los casos de incendios de importancia en cualquier edificio cercano a la catedral.

Se dice que el repique más largo que se ha dado en la historia de la catedral metropolitana de México ocurrió el 25 de diciembre de 1867, cuando se anunció el triunfo de los liberales sobre los conservadores. A instancias de un grupo de entusiastas liberales, el repique comenzó al amanecer antes de que hubiera luz, y se tocó de manera continua hasta las nueve de la noche, en que se ordenó que cesara.

Las campanas y el tiempo

Las campanas están ligadas al tiempo por varias razones. En primer lugar, hay un cierto sentido de lo que pudiera denominarse “tiempo histórico”, pues son objetos que suelen tener muchos años desde que se fundieron, en las que se utilizó un proceso artesanal que dejó piezas artísticas de gran valor patrimonial. En segundo lugar, desde luego, no puede prescindirse del “tiempo cronológico”, de ahí que las campanas sirvan para medir el tiempo en relojes o se utilicen en ceremonias públicas con repiques de significado conocido por la comunidad. Por último, podemos decir que hay algo así como un “tiempo utilitario”, es decir, que al tiempo “se le utiliza”, aprovechándolo para la operación del instrumento: hay un factor de periodicidad en el movimiento pendular de una esquila, o hay momentos de espera para el golpe del badajo en el labio (que resuena con una frecuencia sinusoidal), o el hecho de que la secuencia en que tocan diversas piezas en un carrillón está gobernada por un patrón temporal… Hay muchos ejemplos de cómo el tiempo es un factor que influye en la manera en que toca una campana.

En 1796, un “visitante anónimo” escribió unas octavas, dedicadas a la campana Santa María de la Asunción de la catedral metropolitana de México. Cabe reproducir los últimos versos del poeta, vivo testimonio del valor intemporal de las campanas, no siempre bien reconocido como patrimonio histórico y artístico de toda la humanidad:

“Con el aliento de su voz pausada
a las demás voces les apaga,
y burlándole al tiempo desengaños
numera ya dos siglos y nueve años”.

La música de las campanas tiene una gran cualidad introspectiva que escapa a toda descripción, puesto que estos instrumentos son portadores de insospechados mensajes. Como dijera un famoso campanólogo holandés del siglo XIX: “las campanas pertenecen a todos los seres humanos y las entienden todos los que las quieren escuchar”. Ojalá que el tañido de las campanas, en su constante medir del tiempo, vibre siempre en nuestro espíritu.

De mitos y leyendas

A manera de colofón, demos rienda suelta a la imaginación y supongamos que… Una tarde en el Olimpo, mientras Afrodita ejercitaba sus encantos, el viejo Cronos ponía en tela de juicio los logros de Efesto, su testarudo nieto. Cabe recordar que los romanos conocerían mas tarde a estos personajes como Saturno y Vulcano. Levantando una ceja, le preguntó al hábil herrero cómo era posible que pudiera dominar el fuego y que con eso hubiera descubierto una técnica novedosa para doblegar los metales. El artesano había encontrado una manera de fundir aleaciones, con lo que podría producir piezas que llegarían a tener valor incalculable.

Por ejemplo, en su momento, en la Nueva España trabajarían en un mismo gremio diversos artesanos: los productores de monedas, que cambiarían la manera en que el hombre iba a realizar sus operaciones comerciales; los fabricantes de cañones, que junto con la pólvora llegarían a revolucionar el arte de la guerra; y, por último, los fundidores de unos objetos conocidos como “tintinabulum”, que eran como cacerolas huecas, capaces de producir un sonido muy alegre cuando se les dejaba vibrar libremente, y que servían para que los mortales se comunicaran con los dioses. Por la periodicidad de sus movimientos, las campanas resultaron ser objetos muy útiles para medir el tiempo, formando parte de relojes, campanarios y carrillones.

Maravillado, Cronos reconoció que estos novedosos instrumentos de percusión eran compatibles con su propia creación, el tiempo, que estaba destinado a medir el transcurso de los acontecimientos del universo. Al parecer, ambos dioses habían quedado asociados en tan interesante aventura. ¡Quién lo dijera…! Campanas y tiempo, ¡dos inventos de los dioses!

Nuestras más famosas campanas

Existen algunas campanas famosas en México que merecen una mención especial. En el siglo XVI, entre 1578 y 1589, los hermanos Simón y Juan Buenaventura fundieron tres campanas para la catedral metropolitana de México, incluyendo la Doña María, que es la más antigua de todo el conjunto. Para el siglo XVII, entre 1616 y 1684, dicha catedral se había engalanado con otras seis piezas grandes, incluyendo las famosísimas Santa María de los Ángeles y la María Santísima de Guadalupe. En el archivo del cabildo de la catedral metropolitana todavía se conserva el grabado que en 1654 se le dio al fundidor para encomendarle la manera en que debía hacerse la pieza dedicada a la guadalupana. En el siglo XVIII, entre 1707 y 1791, se fundieron diecisiete campanas para la catedral de México, muchas de ellas por el maestro Salvador de la Vega, de Tacubaya.

En la catedral de Puebla, las campanas más antiguas son del siglo XVII y fueron fundidas por diversos miembros de la familia Francisco y Diego Márquez Bello, de una distinguida dinastía de fundidores poblanos. Hay que recordar la tradición popular que corre en la Angelópolis: “Para mujeres y campanas, las poblanas”. También cuenta la leyenda que, una vez que se colocó la campana mayor de la catedral de la ciudad de Puebla, se descubrió que no tocaba; sin embargo, por la noche, un grupo de ángeles la bajaron del campanario, la repararon y la volvieron a colocar en su sitio. Al parecer, no sólo un grupo angélico se había ocupado de la traza de la ciudad, sino que también vigilaba las preseas que engalanaban las torres del templo catedralicio. Otros destacados fundidores fueron Antonio de Herrera y Mateo Peregrina.

En la actualidad, en México hay una clara ausencia de estudios en campanología. Quisiéramos conocer mucho más acerca de los fundidores que trabajaron en México durante los últimos cinco siglos, las técnicas que emplearon, los modelos en los que se basaron, las inscripciones de las piezas más valiosas. Sabemos, por ejemplo, de algunos fundidores que trabajaron en distintas épocas. En el siglo XVI estaban activos Simón y Juan Buenaventura; en el XVII trabajaron “Parra” y Hernán Sánchez; en el XVIII laboraban Manuel López, Juan Soriano, José Contreras –de Atzcapotzalco–, Bartolomé y Antonio Carrillo –de Tacubaya–, Bartolomé Espinosa, Salvador de la Vega –de Tacubaya– (quien hizo, entre otras, la campana mayor de la catedral de México).

Muchas de las campanas que se fabricaron en la Nueva España durante el siglo XVII siguieron los modelos establecidos en Europa por los flamencos Adriaen Steylaert (activo en 1577), Johannes Burgerhuys (activo en 1642), Melchior de Haze (1632-1697) y Petrus Overney (activo en 1680).

Texto: Fernando E. RODRÍGUEZ MIAJA

Fuente: México en el Tiempo No. 36 mayo / junio 2000

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  • CIUDAD DE MÉXICO: Campanas, campaneros y toques
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