RODRÍGUEZ CASTAÑOS, Pedro M. - Fábula de la Campana grande

Fábula de la Campana grande

Pese a ser muy conocida pues me han visto en innumerables ocasiones pero especialmente porque han escuchado mi sonido muchas, muchísimas veces, es mi obligación presentarme: Soy la Campana Grande de la Torre de El Salvador, la más antigua. Me fundieron en la calle Jorós de esta Noble y Leal Ciudad de Santa Cruz de La Palma hace ya 342 años.

La Torre que nos acoge, todas las Campanas y el Reloj, hemos decidido hablar y me han elegido portavoz. La compañera cascada, muda, no ha intervenido en nuestras decisiones y la estatua de mármol de Carrara que representa a San Miguel, es muy joven y no tiene edad para opinar pues solo cuenta con dos meses.

Así pues me van a permitir que les traslade a todos, pero especialmente a las autoridades civiles y eclesiásticas, nuestras preocupaciones.

Comienzo con nuestra sencilla pero elegante y sólida morada, La Torre. Qué parecido a un fortín tiene. ¿verdad?, su remate almenado le da ese aspecto pero de castrense no tiene nada. Fue construida para albergarnos con piedra volcánica y mampostería. Consta de tres cuerpos diferentes, el último de ellos se debe a la generosidad de nuestro ilustre paisano D. Domingo Pantaleón Álvarez de Abreu, Primado de las Indias, Arzobispo-Obispo de La Puebla de Los Ángeles (México) donde falleció en el año 1763.

Bajo sus muros han transitado varias generaciones. Muchos sucesos de nuestra Ciudad ha presenciado desde su privilegiado puesto. Se alegra al ver llegar la Imagen de Nuestra Señora de las Nieves en las Fiestas Lustrales y aplaudió emocionada cuando, en 1897, colocaron la merecida estatua de su benefactor el Sr. Díaz en el centro de la Plaza. Se entristece con las desgracias, en las que yo, tocando a rebato, le sirvo de voz, siendo las que más le han afligido, comenta, las epidemias, los terribles incendios, especialmente el ocurrido el 26 de abril de 1770 en el que se quemaron 14 casas cercanas justo el día en que la Virgen de Las Nieves partía en procesión hacia su Real Santuario y las avenidas destacando, entre otras, la del 9 de octubre de 1783, día en que las desbocadas aguas de barranco entraron por el Llano de la Cruz y, bajando por las calles del Tanque y Molinos, arrasaron siete casas pereciendo dos hombres y una niña; y se llevó la Cruz del Tercero colocada allí por el Fundador de nuestra Ciudad, D. Alonso Fernández de Lugo. Su estructura ha padecido toda clase de inclemencias climatológicas, desde vientos calderetos, lluvias, calores sofocantes hasta la tormenta Delta en Noviembre de 2005.

Está indignada con las deyecciones de las palomas que se extienden por todos sus rincones y solicita haga llegar a quien corresponda sus inquietudes y la necesidad que tiene de un baño al estilo de los humanos, pues el agua de las lluvias la limpia, pero no la lava. Le gustaría que le restaurasen el Interdicto tallado en piedra sobre la ventana de su primer cuerpo; que le repongan las piedras caídas; que le reparan su escalera de caracol. Se regocija al ver rejuvenecidas y desprovistas de aves sucias sus vecinas las fachadas de la Iglesia a la que pertenece, la del Ayuntamiento, la Fuente y la Recova y espera con mucha ilusión la finalización de las obras de restauración de la emblemática Casa Massieu que, situada justo a sus pies, sufrió un incendio en la noche de Reyes de 1990 y que muy pronto se convertirá en la Sede Central de Cajacanarias, a quien desea expresarle su más pétreo agradecimiento por la rehabilitación de este bello edificio. Le encantaría convertirse en el símbolo de nuestra Ciudad y verse reproducida, a una escala apropiada, en piedra, madera, bronce, plata o incluso en oro para ser entregada a las personas y entidades merecedoras de un premio importante creado y otorgado por el Consistorio Capitalino.

También el Reloj arriba, en lo alto, se ha manifestado pese a ser el que más atenciones recibe de todos los huéspedes de La Torre. Desde aquel 6 de diciembre de 1843 que comenzó a funcionar a las 12 del mediodía, nos da las horas y las medias con un golpe seco, suave, sereno como buen inglés. Fue adquirido, mediante suscripción popular, por unas 130,00 Libras Esterlinas de las de entonces. Me dice, nos dice, que todas las semanas Conrado Fernández o su hijo, como anteriormente lo hizo su padre y abuelo, de forma totalmente desinteresada, le echan un vistazo, le dan cuerda, lo engrasan y lo limpian.

Él les agradece estos cuidados pues gracias a ellos casi nunca se para. Se queja de que sus dos esferas necesitan una buena mano de pintura blanca y una luz, un bombillo, que las ilumine en la oscuridad de la noche para que todos podamos comprobar que no descansa, que su trabajo es continuo, sin vacaciones, sin puentes, sin festivos, pero nunca se lamenta por ello. Sufre de la misma manera que nosotras, la Torre y las Campanas, el daño que le causan las palomas, y dice, con razón, que serán el distintivo de la paz pero para todos nosotros simbolizan la muerte.

Y por último, nosotras, las Campanas activas. La "Verde", andaluza de pura cepa instalada en 1758. La Cubana, la Nueva, que no es precisamente una niña pues cuenta con más de doscientos años de existencia; las dos pequeñas que pertenecen al reloj y yo, la mayor y veterana de todas pues fui colocada el miércoles 2 de abril de 1664 y me sacaron para darme vuelta y componerme el cepo el 4 de abril de 1878 para, ocho días más tarde, dejarme en mi ubicación actual. Recojo el sentir de mis compañeras y compañeros para trasmitir que necesitamos más cuidados, más atenciones, que no queremos continuar siendo letrinas avícolas. Nos interesa conocer en qué estado se encuentran nuestros apoyos sobre los muros de La Torre que nos sostiene. Tememos que la podredumbre de la madera o del hierro de nuestros yugos hayan hecho mella en ellos después de tantos años de olvido, expuestos a los rigores de la naturaleza, a la maresía del cercano Atlántico, y especialmente a las sales, altamente corrosivas, presentes en las heces de las palomas. Somos parte importante del Patrimonio y nos agradaría que nos mantuvieran más pulcras, más acicaladas. Lamentablemente ya no podemos sonar como antes para quejarnos del abandono a que hemos estado sometidas pues nuestro antiguo y armónico repique desapareció con la instalación del carrillón. ¿Escuchará alguien nuestro tañido escrito?

RODRÍGUEZ CASTAÑOS, Pedro M.

Bienmesabe.org Revista nº 153 (19-04-2007)

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