Como objetivo buscan documentar, inventariar, divulgar y proteger el patrimonio de este instrumento

El presidente de la Asociación de Campaneros de La Rioja, José María García, en el campanario de Valgañón - Autor: SOLORZANO, Óscar / EL DÍA DE LA RIOJA
Para muchos, las campanas son solo un sonido de fondo, pero para otros, es sinónimo de unión y un arte que se resiste al olvido. Así lo cree firmemente el presidente de la Asociación de Campaneros de La Rioja, José María García, quien, cuenta cómo nació su pasión por este oficio tradicional desde pequeño y cómo hoy lucha por mantenerlo con vida. Lo que empezó en las festividades de Ezcaray, cuando los mozos tocaban las campanas y los niños debían ayudarles, todavía vive dentro de él. Aunque en 1968 se electrificaron los campanarios y parecía que esa tradición se iba a perder, en su pueblo, Valgañón, pudo seguir sintiendo esa llamada.
La campana, más allá de ser un simple instrumento litúrgico, marcaba el ritmo de la vida cotidiana: el inicio y final de una larga jornada en el campo, un aviso por incendios, una reunión vecinal, una muerte o una fiesta. «La campana tenía y tiene la capacidad de unir a la gente del pueblo», asegura. Y es esta función social la que la agrupación quiere recuperar.
Por ello, en septiembre de 2024 nació la asociación, integrada por varios campaneros de La Rioja con el fin de «documentar, inventariar y proteger el patrimonio». Con campanas que datan del año 1500, el presidente expresa orgulloso que «sonaron en tiempos de los reyes católicos y a día de hoy todavía suenan». Y a falta de un inventario oficial, se dedican a recopilar testimonios, toques tradicionales, y a crear archivo sonoro de todo aquello que todavía pervive porque como expresa «en La Rioja tenemos tesoros que nadie sabe que existen».
En sus salidas a los pueblos riojanos no solo hacen sonar las campanas, sino también las memorias dormidas. «La gente empieza a recordar cuando escucha el sonido», asegura. Cada toque tiene sus variantes y matices propios del municipio lo que le convierte en una seña de identidad propia.
En este sentido, uno de los toques «más entrañables» que señala es el denominado toque de perdido, típico de la Sierra de la Demanda. «Se utilizaba cuando un pastor no regresaba al pueblo al anochecer. Y paradójicamente, hace poco lo rescataron gracias a la memoria de los vecinos de la zona burgalesa», explica divertido.
Actualmente con 16 miembros, incluyendo cuatro jóvenes menores de edad, son conscientes de que «sin juventud, no hay futuro». Y aunque en un principio solo podían formar parte de la asociación los mayores de 18 años, ahora cualquiera es bienvenida ya que buscan «captar gente nueva» que les pueda enseñar, y viceversa.
Por este motivo, cuentan con un campanario móvil con dos campanas pequeñas, que llevan por las plazas de los pueblos para que los más pequeños puedan experimentar la emoción de tocar, pero también despertar en ellos la ilusión y un interés que les permita poder crear y desarrollar una escuela de campaneros. «No hacen falta muchos conocimientos, lo que se necesita es corazón», expresa. Para él, tocar la campana es un acto emocional ya que puede «transmitir lo que uno lleva dentro; tú empujas la ilusión, y ella lo lanza al viento».
No obstante, la electrificación de los campanarios, la falta de campaneros y el desinterés han hecho que esta tradición se encuentre en peligro, algo que lamenta el presidente. Por eso cada acción, por pequeña que sea, cuenta. En este sentido, ejemplifica que en Viguera les quieren «con locura» porque se dieron cuenta que «no solo se hundió la torre» sino que también se llevó una parte del alma del pueblo. «Cuando llevamos el campanario móvil y tocamos de nuevo, para ellos fue una inyección de ilusión, de esperanza y de unión», recuerda emocionado. Y es que lo más gratificante es ver la reacción de la gente y poder sentir «que todo ha merecido la pena».
Además, anualmente quieren homenajear a campaneros veteranos porque «gracias a ellos, aún hay algo que conservar». Y concluye con un deseo sencillo pero firme de que «la campana toque el corazón de todos».
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