Bernardo Morales, de Morales de Toro, formó parte del primer grupo de soldados que acudió a rescatar cadáveres tras la inundación
Bernardo Morales de la Torre, natural de Morales de Toro, tenía 22 años cuando formó parte del primer grupo de militares que antes de ver la luz el día el 9 de enero de 1959 cruzó el río Tera, en barca, con la específica misión de rescatar cadáveres del pantanal en que convirtió el escenario de Ribadelago tras la rotura de la presa de Vega de Tera. Halló un pueblo destrozado, con unos supervivientes sumidos en el llanto y en la desesperación.

Bernardo Morales de la Torre - Autor: CAMPANO, Sergio / LA OPINIÓN DE ZAMORA
Bernardo Morales de la Torre nunca había puesto los pies en Ribadelago, ni en su vida había oído hablar del Lago de Sanabria, pero la tragedia de Vega de Tera le sacó al galope de la cama del Regimiento Toledo, en Zamora, donde cumplía el servicio militar.
«Eran entre la 1.00 y 2.00 de la noche horas cuando el capitán entró como un obús en el dormitorio encendiendo las luces. ¡Venga. A formar rápido! gritó. ¿Pero qué pasa aquí? nos preguntábamos los soldados. Yo formé de los primeros. El capitán cortó a los 23 primeros de la compañía y nos ordenó vestirnos -porque todos estábamos desnudos- y coger el mosquetón; y a los demás les ordenó regresar a la cama» recuerda Morales, que quiere dejar constancia de la misión del grupo en un fatídico episodio que conmovió el orbe por llevarse al otro mundo a 144 almas del pueblo de Ribadelago.
Fueron aquellos momentos cuartelarios celéricos y de total incertidumbre. Cuando de nuevo bajaron de nuevo un camión les esperaba, listo ya para recogerlos. «¡A Puebla!» ordenó el oficial al conductor. Nadie dijo una palabra a nadie de hacia dónde se dirigían, de modo que del sargento para abajo todo era mirarse unos para otros asustados. «¿Qué pasará? ¿A ver si vamos a alguna movida?» se preguntaban.
«Lo peor que hicieron era no decirnos dónde íbamos. Podía haber dicho lo de la catástrofe y que íbamos ayudar, en una palabra. Pero dijeron: ¡al camión, a Puebla de Sanabria, pero rápido! Fíjate el ánimo que nos daba por el camino el sargento, que era un hombre ya bastante mayor, llamado Crespo, que nos iba diciendo: nosotros ya no volvemos, ya no volvemos al cuartel. Nosotros perdemos el bigote por ahí. Y es que, al coger el mosquetón, a dos soldados les ordenaron encaminarse hasta el polvorín a por dos cajas de munición. ¿Qué ibas a pensar? El sargento ya se despedía de sus hijos. Lo mismo que dijeron en Puebla lo podían haber dicho en Zamora.
Fue un viaje largo, pero donde el conductor pisó el acelerador todo lo que puedo porque los transportados vencejeaban de una forma poco corriente «en las revueltas».
Fue en Puebla donde el comandante despejó los interrogantes. «Bueno muchachos. Ha pasado una catástrofe. A nosotros no nos va a pasar nada y venimos a auxiliar» les dijo. En la villa permanecieron durante unas horas, y pudieron disfrutar «de unas galletas y unos tragos de coñac». Bernardo Morales afirma que «estuvieron haciendo tiempo a que se hiciera algo más de día».
«Llegamos a Ribadelago todavía de noche o al despuntar el día. Sólo se oían gritos y lloros. Los de las laderas, al ver que paraba el camión, se acercaron a la orilla». La imagen de los supervivientes no podía ser más impresionante. «Andaban medio desnudos, en calzancillos, semidesnudos, llorando, gritando... Estaban desechos y desencajados. Lo raro es que resistieran vivos desde la noche hasta la mañana» según subraya Bernardo Morales, que hace mención a una temperatura invernal y escalofriante.
El moralino prosigue dando rienda suelta a su memoria y señala que «nadie había pasado. Allí apareció una barca y se tiraron las soga para el otro lado. Corría el agua con fuerza, pero la avalancha ya había pasado. El agua iba encauzada por el río y el pueblo todavía mantenía algún charco, pero ya había hecho el daño que tenía que hacer. En esa barca hemos pasado a algunos familiares para el otro lado, que no quería pasar porque lo suyo era que escarbáramos allí, que tenía los familiares».
Bernardo Morales afirma que «entre los supervivientes que mejor quedaron fueron el cobrador del autobús y el conductor, que estaban jugando al dominó en el bar cuando llegó la inundación». Dice que, según les comentaron entonces, «sintieron tiros. Por lo visto, en el invierno bajaban hasta el pueblo los lobos porque tenían cabras y ovejas, y para ahuyentarlos tiraban tiros. Pero después de los tiros oyeron el estruendo y salieron para arriba. Decían que Fidel, el dueño del bar, dijo: ¡ay mi dinero, mi dinero! Y quedó. También decían que aguantaba más el agua en subir por las peñas que ellos».
Morales rememora lo vivido entre las ruinas de Ribadelago como «la mayor sensación de mi vida», e insiste en que «no la puede haber mayor. Sólo si se muere un familiar». Este vecino de Morales volvió por dos veces hasta el pueblo sanabrés «para recordar» un pasado que le marcó. Lo hizo acompañado por su mujer e hijos, a quienes les indicaba lo visto en tan inolvidable día. «Por aquí estaba esto, por allí lo otro. Esas visitas lo pasé bien, por un lado; pero por otro? Era duro que llegara una persona que dijera: escarbar aquí, que aquí están mis familiares».
Bernardo Morales hace un llamamiento a los compañeros de rescate para juntarse el día del aniversario, y como campanero que es, se presta a voluntario «a tocar donde haga falta».
Ya en Ribadelago, nuevamente el oficial dispuso a los soldados con una arenga. «Cuando comenzó a echarnos un discurso, antes de empezar el trabajo, vimos a un mutilado. ¡Mira, mira, mira! decíamos, por lo bajo, unos a otros. No asustaros. Aquí hay que echar valor a la cosa. Aquí no tenemos a familiares y no conocemos a nadie. Venimos a recoger muertos» expresó el oficial antes de preguntar si alguno de los presentes tenía familiares. Morales está convencido de que «si alguien dice que tiene familiares no le deja pasar a la otra orilla». Y tiene especialmente grabada en la memoria una frase del superior, que les dejó cuajados. Y es que cuando estaban hablándose unos a otros del cadáver que tenían a la vista les dijo: «ese, lo mismo es el peor del pueblo».
La búsqueda resultó para el grupo de soldados conmovedora durante los primeros momentos. «Al dar una vuelta por entre las ruinas dimos en ver a los que habían pillado entre la piedras. El primer golpe era duro. Bajó un superviviente de la ladera y decía: ¡Aquí, aquí, escarbar aquí. Porque venían familiares que querían que escarbáramos. Aquí, que aquí tengo a mis hijos, que aquí tengo a mi mujer, que aquí tengo a mi... Aquí no se va a escarbar a nadie. Vamos a intentar a ver si encontramos alguno vivo, les decía el oficial. Las ordenes eran que cuando viéramos a uno, si había que quitar unas piedras, quitarlas, pero no andar escarbando como querían algunos vecinos». «A medida de que estamos allí nos íbamos haciendo a la atmósfera porque, al primer golpe, creíamos que no lo resistíamos nosotros», tal era el panorama tropezado por los primeros rescatadores. Morales indica que «a lo largo de la primera jornada sacamos a quince cadáveres, que los íbamos poniendo en filas en una panera que cogió un poco el agua, pero que quedó útil. Les trasladábamos en mantas entre cuatro militares porque no había camillas. Unos con las tripas fuera, otro con la cara aplastada... Y se nos caía el corazón cuando encontrábamos a un crío». En cuanto al reconocimiento de los fallecidos, manifiesta que «a primer golpe no dejaban entrar a nadie. Pero después dejaban entrar y tuvieron que cortar porque la mayor parte se desmayaba. Aquello era horrible. Estaba todo completamente desecho, no había nada de pie. No viéndolo no se puede creer. Estuvimos recorriendo el pueblo hasta las tres de la tarde, que nos dieron de comer, y allí no faltó de nada. Comimos latas de conservas, incluso de venidas de Portugal ». Su labor finalizó el día 10, a las tres de la tarde.
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