En la víspera del Día de Todos los Santos, cuando el velo entre los mundos es más fino, el etnógrafo y conocedor del territorio, Carlos Ortiz de Zarate, ha arrojado luz sobre las ricas y variadas tradiciones alavesas relacionadas con la muerte, muchas de las cuales oscilan entre el miedo y la atracción por la posibilidad de que los muertos vuelvan.
Para evitar el regreso de los difuntos peligrosos, se utilizaban métodos muy específicos. Además de colocar losas pesadas o cadenas alrededor de las tumbas -elementos que hoy parecen decorativos-, existían rituales directos. El etnógrafo reveló una curiosa costumbre: "Aquí se cosían los calcetines, por ejemplo, de los muertos para que no se pudieran levantar". En el mismo sentido, el ruido era un gran exorcista, pues tocar las campanas desde el anochecer hasta el amanecer servía para ahuyentar "los malos espíritus", apunta.
Sin embargo, existía la contraparte: el anhelo por los seres queridos. Basados en la creencia, posiblemente de origen celta, de que los difuntos regresaban a sus casas, se desarrollaron tradiciones de hospitalidad. Se dejaba la puerta abierta, el fuego encendido e incluso se preparaba un plato de comida en la mesa o la ventana. Ortiz de Zarate explica que estos gestos eran "la expresión de cariño con los muertos cercanos", llegando incluso a dejar la cama dispuesta para que el espíritu "descansara un ratico".
Estas prácticas, que demuestran una compleja relación con el más allá, no son reliquias históricas lejanas; el experto asegura que se estuvieron realizando hasta hace "cuatro días o tres".
Las tradiciones alavesas relacionadas con el Día de Difuntos incluían prácticas muy específicas en pueblos de Álava. En Cárcamo, por ejemplo, durante la noche de ánimas o víspera de Todos los Santos, existía la costumbre de que los jóvenes tocaban "a muertos". Esta labor implicaba que los jóvenes tocaban las campanas "desde el anochecer hasta el amanecer" con el propósito de ahuyentar a "los malos espíritus" o "los difuntos negativos". Por este servicio social, se les compensaba: el alcalde les daba vino, siendo el pago "una cantara de vino o lo que fuera".
Por otro lado, en Nanclares de la Oca la creencia popular ubicaba las apariciones de los difuntos en un sitio concreto: se sabía que los muertos "aparecían detrás de la iglesia". Esta ubicación estaba directamente ligada al recuerdo ancestral, ya que antiguamente era muy frecuente que los cementerios estuvieran "pegando a la iglesia".
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