DE BOISSET, Léonce (VALETTE, Claude Auguste Jean Léonce) - Plaisir des jours (Placer de los días)

Plaisir des jours (Placer de los días)

No es un libro de pesca, auque el espíritu del pescador que fue su autor impregna tods sus páginas. Está compuesto por bellísimas y breves historias sobre la vida cotidiana en un pequeño pueblo francés de la región de Beaujolais; historias que sucedían en los últimos años del siglo XIX...

Todos los que venís de ambientes rurales sabéis que las campanas de la iglesia regulaban (aún lo hacen) en cierto modo la vida de los parroquianos, no sólo anunciándoles las horas y llamándoles a misa. Las de la iglesia del pueblo natal de Mr. Léonce (eran dos: una se llamaba Charlotte y la otra Antoine) hacían lo mismo. Incluso aquellas campanas tenían su leyenda; era ésta:

Y el sábado santo, a la hora en que las campanas de todos los campanarios traían de Roma en el aleluya carillones de alegría...

Los ancianos contaban que un campanero muy anterior a Denis tenía el defecto –bastante común entre nosotros- de que le gustaba demasiado la botella. Una vigilia de Navidad, había bebido más de lo razonable esperando en la taberna el final de la velada. Si bien llegó el momento de la primera llamada para la misa del gallo, el campanario permaneció silencioso. Buscaron por todas partes al campanero, al que acabaron por encontrar tumbado en el pajar de una granja en un estado que lo aislaba de toda noción del mundo exterior. Siendo de la opinión de que aquello no tenía remedio inmediato, el cura se conformó con hacer él mismo algunos tañidos, para gran sorpresa de los que se encaminaban hacia la iglesia entonando cánticos, que se quedaban muy asombrados de no entender como de costumbre el carillón de la Navidad.

El oficio no se desarrolló con menos fastos de los habituales. El viejo aire de Medianoche, cristianos cantado con una voz sonora por el primer chantre, había abierto la primera misa; las cantoras, sostenidas por un ophicleide, habían ejecutado con más convicción que arte todos los villancicos populares y, al final de la tercera misa, fue a los acordes del gloria in excelsis Deo cuando los asistentes, habiendo encendido sus linternas y puesto sus pasamontañas o sus capuchas, habían dejado la iglesia impregnada del perfume del incienso y del acre olor de los cirios. Todo el mundo estaba al corriente de la razón que impedía a las campanas acompañar con su bamboleo el final del oficio.

Pero he aquí que, de pronto, del campanario hasta entonces mudo descendió un sonido agudo -el de Antoine-, pronto sostenido por el bajo de Charlotte. Las dos campanas buscaban su ritmo, acordaban su cadencia. Y de repente hubo, en la noche silenciosa, un carillón a toda campanada con una sonoridad resplandeciente, con un movimiento irresistible; una cosa nunca oída, con algo de milagroso. El señor cura, que en la sacristía ponía en orden los ornamentos sacerdotales, creyó por un momento en un regreso inesperado de su campanero. Despachó entonces hacia el campanario a un niño del coro que en seguida rodó por la escalera abajo chillando espantado:

-¡Las campanas tocan solas, las campanas tocan solas!.

El señor cura se encogió de hombros pensando que el pequeño era víctima de una alucinación debida al cansancio. Luego subió él mismo los escalones, pero le vieron bajar temblando, incontinente. Cuando la emoción que lo agitaba se fue calmando, contó que había visto en lo alto de una escalera a una Señora resplandeciente vestida con un manto de azur brillante y llevando sobre su brazo a un Niño aureolado de luz, mientras que toda una legión de ángeles sacudía las campanas con grandes aleteos…

Nuestra Señora no había querido que en el más modesto de sus santuarios las campanas permanecieran mudas en la noche de Navidad.

Este prodigio celeste había hecho nacer en la parroquia un sentimiento de admiración mezclada con pavor. El recuerdo se había conservado por más de un siglo, y el viejo Denis, él mismo había recordado que muchas veces en su vida de campanero, cuando una estancia demasiado larga en la taberna había ablandado sus músculos, había sentido las cuerdas arrancadas de sus manos por una fuerza invisible que empujaba las campanas con grandes ráfagas de viento. Todo esto era más que suficiente para hacer dudar a un campanero crédulo y tímido como era Georges. A decir verdad, no tuvo que lamentar su aceptación y su carrera se desarrolló tranquila, sin ninguna intervención sobrenatural...

DE BOISSET, Léonce (VALETTE, Claude Auguste Jean Léonce)

(1840)

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