SOLER, Maite - Melancolías del campanario

Melancolías del campanario


Ocres, blancos y azul. Jávea siestea inconmovible en la cálida tarde frente al mar, mientras que sobre el pueblo se empina moreno como un Califa el viejo campanario de su iglesia-fortaleza.

El campanario está triste. ¿Quién dice que los campanarios no pueden estar tristes? ¿No habéis oído decir cuando algo insólito ocurre que hasta las piedras claman y lloran? Pues el campanario de Jávea lloró una vez y lo hizo como un viejo sentimental. La pequeña campana de su torre se había estropeado y cesó de alegrar con su locuelo sonido la gravedad solemne de sus hermanas. Y el viejo campanario se puso triste porque ella era su preferida y la fiesta de su corazón.

El sacristán, que se colgaba de las cuerdas de las campanas como un duendecillo de las trenzas de las princesas, se lo fue a contar al señor Cura, y el señor Cura dijo que debía arreglarse aquella campana. Pero pasó mucho tiempo y nadie hacía nada.

Las otras campanas gordas tampoco le daban importancia. Además, les daba un poco de pelusilla que el padre campanario se preocupara tanto de aquella débil e insignificante locuela. Y se alegraban de que no subieran a arreglarla.

Pero el pobre campanario estaba desconsolado, y cuando salía un día lleno de sol y había pájaros que cantaban y la gente paseaba frente a la Iglesia, no se atrevía a sonreír; como si le hubiesen arrancado un diente y tuviese vergüenza de que se le notase.

Un día que lucía un sol tibio y reparador, como el campanario es tan alto y magnífico y como estaba triste y no quería mirar abajo, miró a lo lejos, a las montañas; le picaban un poco los ojos de tanto sol como había. Y haciendo guiños miró con languidez al Montgó y luego la Plana. Después vio toda blanca y azul con árboles y flores la Capilla del Calvario en donde estaba Jesús de Nazareno. Entonces pensó algo, algo que le hizo cosquillitas en el cuerpo, y decidido murmuró una plegaria...

-Jesús Nazareno, ya sabes que mi pequeña campanita... si Tú quisieras... si ella pudiese tocar de nuevo...

Bueno, en realidad el viejísimo campanario estaba tan emocionado que ya hablaba en voz alta, y las campanas le oían, y la gente que pasaba por abajo creía que era el trinar de los pájaros porque hacía sol.

Pero las campanas, envidiosas, viendo lo que pasaba y que su “viejo” estaba tan triste, se arrepintieron de haber sido así, y todas a una pidieron por su hermanita rota...

Siguieron pasando los días y haciendo sol. Y llegó el momento que la gente andaba alborotada y reían y preparaban cosas. Y como las campanas tenían muchos años, supieron qué es lo que estaba pasando; resultaba que estaban próximas las fiestas de San Juan, unas fiestas estupendas en que todos estaban contentos, y que precisamente en el campanario también eran días de ajetreo campanaril, porque se debía tocar mucho para demostrar la alegría que rebosaba en todos.

El campanario le había seguido pidiendo al Nazareno, haciéndolo con timidez porque se daba cuenta de que en el pueblo eran muchos los hijos que hacían lo mismo, y sabía también que Jesús los quería a todos, y para Él eran más importantes que una insignificante campanita muda.

Pero por fin una mañana subió un señor al campanario y miró a la enfermita con detenimiento; la cogió en sus brazos y se la llevó, y al cabo de unos días la volvió a montar toda reluciente, rebosante de sonido y alegría.

El viejísimo campanario no cabía en sí de gozo y le daba gracias al Nazareno y estaba rebosante de felicidad.

Y sucedió que aunque el día era magnífico y no tenía por qué llover, cayeron unas pequeñas gotitas de lo alto, y la gente miró al cielo despejado, y moviendo la cabeza no hizo caso... Pero el Nazareno, sí, y mirando al campanario a través de la puerta de su Capilla, toda blanca y azul, le dedicó una dulce sonrisa; sabía que aquella lluvia no era otra cosa que unas lágrimas del viejísimo campanario, derramadas en su contento y agradecimiento.

Cuando vinieron las fiestas de San Juan, aquel año se oyeron sonar las campanas muy fuerte, como queriendo sobrepasar al pueblo y más; como queriendo dejarse oír hasta al mismo cielo. Mientras el campanario hinchaba el pecho de satisfacción y pugnaba por ser más alto que nunca y estallaban los cohetes a su alrededor uniéndose a su júbilo.

SOLER, Maite

Llibre de festes Fogueres 1963 (1963)
Arxiu municipal de Xàbia

  • Parròquia de Sant Bertomeu - XÀBIA: Campanas, campaneros y toques
  • XÀBIA: Campanas, campaneros y toques
  • Campanarios: usos visuales y simbólicos: Bibliografía

     

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    Actualización: 23-06-2026

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