ARMERO, Antonio J. - Medio mundo toca campanas extremeñas

Medio mundo toca campanas extremeñas

La familia Rivera mantiene en Montehermoso una de las cinco fábricas que quedan en España

El toque manual de campana será declarado Patrimonio Cultural Inmaterial


Medio mundo toca campanas extremeñas

Un autobús con turistas rusos para en Montehermoso (5.731 habitantes, a media hora en coche de Plasencia) para hacer una excursión fuera de todo plan convencional. Su destino es una nave del polígono industrial. La de Rivera, una de las cinco fábricas de campanas que quedan en España. Que quedan cinco y no cuatro ni seis no lo dice el orgullo local, sino el BOE (Boletín Oficial del Estado). El número 50, de 27 de febrero de este año, en el que se informa de que la Dirección General de Bellas Artes ha abierto expediente para que el toque manual de campana sea declarado Patrimonio Cultural Inmaterial.

«¡Ya era hora, hombre, ya era hora!», reacciona Gabriel Rivera cuando se le comenta por teléfono esa publicación oficial. «Llevábamos mucho tiempo esperándolo», explicará después en su despacho, en el que no hace mucho atendió a una representación de la iglesia cristiana de Corea del Sur que le había encargado un carillón de cinco campanas. Esa pica en Asia es una más de las que Campanas Rivera, fundada hace 169 años, ha puesto en el mundo. Hay piezas suyas en Nigeria, India, Japón, Angola, Estados Unidos, Guinea Ecuatorial...

Y claro, en media España. Suyas son las campanas de las catedrales de Coria, Segovia o Salamanca, y las de cientos de templos repartidos por todo el país. Su huella inunda también el mapa de Extremadura, de derecha a izquierda y de arriba a abajo. Y están en las sedes de dos equipos de fútbol: el Athletic de Bilbao y el Sevilla. Y en la finca en la que Jesús Gil (expresidente del Atlético de Madrid) tenía a 'Imperioso', su famoso caballo. Y también son de Rivera las campanas de sesenta cofradías de pescadores de Santander, realizadas por encargo hace cuatro años.

Fundidores trashumantes

«Durante la crisis, trabajamos fundamentalmente en el extranjero, pero en los últimos tiempos sí que se nota un cierto repunte de los encargos que nos llegan desde nuestro país», apunta Gabriel Rivera (50 años, ingeniero industrial), que lleva el negocio con su hermano Eleuterio. Son la quinta generación que se dedica a lo mismo, a seguir escribiendo la historia que comenzó con su tatarabuelo Gabriel, un fundidor de campanas de Cantabria, la mayor cantera nacional de artesanos de este oficio. «Él, como tantos maestros fundidores en esa época, era trashumante -rememora su tataranieto Gabriel-, es decir, iban de un sitio a otro fabricándolas in situ, tras construir el foso y el horno al pie de la torre».

El negocio lo fundó en 1850 Gabriel Rivera, fundidor cántabro, tatarabuelo de los actuales gerentes

Un encargo de este tipo llevó al tatarabuelo Gabriel Rivera a Montehermoso. Allí hizo una campana y conoció a María Gutiérrez, con la que se casó y tuvo siete hijos, de los que dos murieron. El bisabuelo Julián siguió con el negocio, y luego el abuelo Cesáreo, al que sustituyó el padre de Gabriel. «Y ya hay hijos y sobrinos que están metidos en esto», apunta Rivera, que tiene entre sus clientes a ayuntamientos y comunidades religiosas. También «a particulares que quieren campanas para sus fincas o casas de campo, y a músicos que la quieren como instrumento».

Las instalaciones reciben visitas turísticas, una de las últimas la de un grupo de rusos

Este último es un perfil de comprador que ha resurgido ahora, pero el principal consumidor de campanas en España continúa siendo la Iglesia. Templos de todo el país las siguen tocando a diario, aunque en muchos casos mediante sistemas eléctricos que se programan previamente, lo que ha derivado en la casi extinción de la figura del campanero. Según el inventario de la asociación cultural Campaners de la Catedral de Valencia, en Extremadura hay 25 campanas activas y media docena de campaneros.

Uno de ellos, probablemente el más joven, es Gabriel Rivera hijo, que ya sabe sobre el asunto casi tanto como su padre. Tiene 14 años y lleva en los bolsillos unos guantes y unos tapones para los oídos. Guarda también la llave de la torre de la iglesia de Montehermoso, donde hay cinco campanas, cada una fabricada por una generación Rivera. Gabriel hijo mueve con soltura esas piezas enormes. Entre ellas se le ve feliz. Agarra las cuerdas con fuerza y va de una a otra. Tira de ellas, las voltea, ahora las impulsa y luego las frena con suavidad. Algo parecido hizo hace casi dos años en la catedral de Plasencia, durante la ceremonia de proclamación de José Luis Retana como obispo de la Diócesis. «Yo toco las campanas desde pequeño -cuenta el chico-. He aprendido viendo a los campaneros de Valencia, que tienen muchos vídeos en Internet, y también viendo a los de Zamora, porque me han llevado muchas veces a pueblos de allí a verles tocar en directo».

«Hay campanas nuestras en muchos países, y ahora se nota un repunte de los encargos para España» Gabriel Rivera Campanas Rivera

Tanto en Valencia como en Zamora hay colectivos de campaneros. Gabriel Rivera hijo pertenece a dos: la Asociación Cultural de Campaneros Zamoranos y Mestres Campaners. Tal como recoge la resolución publicada en el BOE, se trata de zonas donde la tradición del toque manual se ha mantenido -e incluso convertido en atracción turística, con rutas y exhibiciones en vivo-, al contrario de lo que ha ocurrido en otros lugares del país, donde está cerca de desaparecer. «La protección de los toques manuales -recoge la publicación oficial- no significa poner en valor y asegurar la continuidad de una sola tradición común, compartida entre los diversos pueblos de España, sino que, por el contrario, supone proteger cientos de sistemas locales de comunicación con ciertas características compartidas por zonas, pero casi siempre únicos, al borde de la extinción por la falta de campaneros y sobre todo, por la falta de sensibilización hacia este fenómeno de comunicación casi único en cada lugar».

«Un medio de comunicación»

Aunque hay diferencias importantes entre unos sitios y otros, el toque manual de campana en las distintas comunidades autónomas españolas comparte un rasgo: es «un lenguaje sonoro que ha funcionado a lo largo de los siglos como un medio de comunicación», define el BOE. A partir de la combinación de sonidos se han anunciado incendios, tormentas o rogativas, y se han delimitado el tiempo y el espacio laboral, diario, festivo o de duelo.

«Somos las quinta generación dedicada a la fábrica, y ya hay hijos y sobrinos metidos en esto»

Esto explica, por ejemplo, que Gabriel Rivera hijo pase horas en la torre de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de Montehermoso cada 1 de noviembre (festividad de Todos los Santos). «Ese día, lo que hago es lo que se llama doblar las campanas, que es tocar a muerte, y que no es igual para el hombre que para la mujer», detalla el joven, que ha tañido las de la iglesia de su pueblo y las de varias localidades del entorno. «Espero tocar algún día en las grandes catedrales», confiesa Rivera hijo, que ayuda a su padre a responder un cuestionario básico sobre esas piezas que tanto le gustan. ¿La más grande de Extremadura? «La llamada 'María de la O', de la Catedral de Plasencia, que anda por los tres mil kilos». ¿Las más bonitas? «La que da la hora en el monasterio de Guadalupe, que es gótica, grande y que no se ve desde la calle». «Y en la torre de Espantaperros, en Badajoz, había una muy bonita, pero está rota y la tiene el Ayuntamiento», añade Rivera padre, que detalla que lo más habitual es que estos instrumentos lleven un 79 por ciento de cobre y un 21 de estaño.

El foso y la máquina excavadora que hay en su nave de la localidad cacereña se explican porque el proceso de fabricación incluye enterrar bajo arena dos de los tres moldes que se fabrican (llamados macho, hembra y falsa campana). Estando sepultados es cuando se vierte sobre ellos la aleación que dará forma a la pieza definitiva. «Cuanto más tiempo pase la campana enterrada, más calidad tendrá, porque cuanto más lenta sea la curva de enfriamiento, mejor», desgrana el ingeniero, que aporta otra clave. «Un concepto fundamental para medir la calidad -explica- es el tiempo de reverberación. Cuanto más dure el sonido, mejor».

Una campana de cien kilos de peso, y con unas dimensiones de 55 por 55 centímetros, cuesta unos dos mil euros. Todas son diferentes, y cada pieza salida de la fábrica de Montehermoso lleva un mismo mensaje grabado: 'Rivera me fecit' (Rivera me hizo). Aunque el texto era otro, la inscripción en latín ya la tenían también las campanas Rivera de la primera generación, las del tatarabuelo Gabriel, que difícilmente imaginó que esa empresa que él fundó hace más de un siglo y medio acabaría atrayendo a Montehermoso a turistas rusos.

Extremadura, tierra de volteo y piezas de perfil europeo

No todas las campanas se tocan igual. La forma más habitual varía según la comunidad autónoma y hasta la comarca, según detalla el Boletín Oficial del Estado del pasado 27 de febrero, en la resolución en la que se daba cuenta del inicio del expediente para que el toque manual sea declarado Patrimonio Cultural Inmaterial. La publicación oficial explica que no es cierta la creencia extendida de que en España todas las campanas voltean. «Hay una zona central, que va de la Comunidad Valenciana hasta Extremadura, donde todas las campanas voltean». En Andalucía o Murcia, solo lo hacen las pequeñas, mientras que las grandes están fijas, mientras que en Asturias o Galicia, no voltean.

El texto oficial especifica que también varía la forma de las campanas según la zona del país. Al sur de Castilla La Mancha y Extremadura, tienen un perfil europeo, que era el habitual en la Corona de Aragón por influencia de los fundidores franceses que solían trabajar en esa zona del país. Por el contrario, en el norte (desde Navarra hasta Castilla y León y Galicia) se imponían las llamadas campanas romanas, una tipología exclusiva de la Península Ibérica «y diferente en forma y sonoridad», concreta el BOE.

ARMERO, Antonio J.

Hoy (10-03-2019)

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