COLOMÉ, Silvia - ¡Ding, dong!

¡Ding, dong!

Sábado por la mañana. Estoy en la cama. Envuelta en una nube inmensa de nórdico esponjoso al estilo Pedroche (salvando todas las distancias). Holgazaneo. Con los ojos todavía legañosos intento escuchar las voces de la calle que suben por el balcón. Y los abro extrañada. No se oye nada aunque vivo en el corazón de Ciutat Vella. Solo el silencio, tan agradable, tan poco habitual, tan inquietante. Este enero congelado no ha invitado a madrugar innecesariamente, lo que ha facilitado también nuestra obediencia, ni que sea interesada, a las medidas para frenar la pandemia. No es temprano. Y todavía estirada en la cama escucho muy cercano el sonido de unas campanas. Primero los cuartos y después las horas, como si siguiera la retransmisión de las campanadas de fin de año. Son las diez. Pasan unos segundos y oigo otras campanas. También marcan las diez. Y un minuto después, un poco más lejana, suena la hora de otro campanario vecino, como diría Lluís Llach. Sin duda, la pandemia no deja de sorprendernos. Las campanas recobran protagonismo en una ciudad donde han sido sofocadas, sonando en sordina, por el intenso trajín de una vida de calle ahora en letargo. No puedo evitar la pregunta: ¿cómo es que la Iglesia no ha unificado las horas de los campanarios? Parecería que la desincronización sea intencionada para que cada uno disfrute de su momento de gloria. Quizá no venga de medio minuto, pero si queremos saber la hora exacta lo mejor es echar un vistazo al móvil, que no falla nunca e incluso nos permite olvidarnos de ajustar la hora dos veces al año.

Más allá de los repiques que llaman a misa o tocan a muerto, los campanarios han perdido una de sus principales funciones: marcar el tiempo, el ritmo de la vida. Así fue durante siglos. En Barcelona, por ejemplo, la campana Honorata de la catedral se convirtió en el reloj oficial desde finales del siglo XIV hasta 1714, cuando Felipe V ejerció el derecho de campana (se ve que cometió el delito de avisar al somatén) y la convirtió en cañones. Más tarde, en 1886, la Real Academia de Ciencias y Artes de Barcelona, instalada en el edificio de Josep Domènech i Estapà de la Rambla, pasó a dar la hora oficial hasta los años 40. Ahora, los relojes atómicos, muy precisos, del Real Instituto y Observatorio de la Armada de San Fernando marcan la hora legal de España, la ROA.

Las campanas vuelven a hacerse oír en una ciudad más silenciosa a causa de la pandemia

Sin duda, los repiques horarios de las iglesias se han vuelto anacrónicos y de vez en cuando los fuertes sonidos levantan quejas vecinales. Pueblos del Pirineo se han visto obligados a silenciarlos de noche y en Girona las campanadas nocturnas de la catedral suenan a cincuenta decibelios para evitar la contaminación acústica (un hotel las llevó a juicio). ¿Qué diría Josafat, nuestro jorobado de Notre Dame creado por Prudenci Bertrana que vivía en la catedral gerundense? A los románticos siempre nos quedará visitar sus dominios y subir los doscientos peldaños de la torre donde sufrió la desesperada y fatal relación con Fineta; o seguir escuchando los toques brillantes e intensos de las campanas desde la cama. Hasta que algún día, que todo llega, vuelvan a camuflarse entre el ruido de la ciudad. O incluso dejen de sonar para siempre.

COLOMÉ, Silvia

La Vanguardia (23-01-2021)

  • BARCELONA: Campanas, campaneros y toques
  • GIRONA: Campanas, campaneros y toques
  • JOSAFAT (GIRONA) : Toques y otras actividades
  • Paisajes sonoros: Bibliografía
  • Ruido y denuncias: Bibliografía

     

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    : 21-04-2021
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