BARBER, Llorenç - castrum felicitatis: una composición de lugar

castrum felicitatis: una composición de lugar

en los últimos cien años, y especialmente desde la segunda guerra mundial, las músicas se han hecho ubícuas y viajeras. se han alienado. han perdido su original paisaje, su resonancia, su eco característico. han perdido su lugar.
sin relieve y orgullosas de su pretendida, y al fin conseguida, abstracción, suenan sin identidad ni sombra por las más diversas salas y auditorios del ya no tan ancho mundo.
huellas, eso sí, de su agazapado genius loci suelen, inoportunas, asomar aquí y allá dando sorpresas inesperadas, unas veces dispuestas por el hábil com-positor, las más escapando a todo control y como resbalando de un cesto ancestral.
para tranquilizarnos nos hemos inventado aquello tan útil de las artes del tiempo vs las artes del espacio, siendo la música oficialmente, por supuesto, arte del tiempo.
pero el lenguaje es contumaz y no se entera. de modo que, todavía, nos sorprendemos repitiendo que el estreno de tal o cual música tuvo lugar en tal marco incomparable o auditorio. y es que todo, hasta la música, tiene lugar en un sitio. no se puede separar la vida (digo la música) de un lugar.
que la música no ha lugar en el vacío lo saben bien quienes estudian acústica, pero también los músicos. y es la relación entre emisión y lugar la que determina su identidad. una identidad hija del maridaje entre fuente sonora y laberinto de vertiginosos ires y venires, reflexiones, recorridos, acercamientos, vuelos y encontronazos con paredes, materiales, humedades, suelos, brisas.
lugareña, la música, sonando, crea un entorno determinado, dentro del cual suceden eventos singulares que están abiertos a nuestra atención finita y temporal. pues los humanos somos todo oídos y el sonido, como tomatis o heidegger enseñan, horizonte dentro del cual el mundo deviene accesible al hombre.
plantearse una música en que las fuentes sonoras estén esparcidas por el tejido histórico heredado de la ciudad es coger el toro por los cuernos, esto es, proponer una música cuyo obrar incorporador de lugares nos abra barrios donde habitar y residir en medio de casas y cosas. la im-palpable presencia de la música debe volver a la ciudad, lugar donde hoy el hombre se plantea los problemas que tiene que solucionar.
esta es la tarea de mis conciertos ciudadanos de campanarios y espadañas: la música-dimensión, la simple celebración de un sonar capaz de cortocircuitar la inercia colectiva, la creación de campos intensivos, la invitación a un viaje posible a los confines de la obra, proponiendo un delicado nomadismo auditivo (sensual por ende) que no conoce de nociones como centro o perímetro.
música gestual y peligrosa como ninguna, contradice a brazo partido y músculo en ristre la cartografía demasiado geométrica hecha de ejes axiales, centros, retículas. pues en virtud del sonar de bronces queda perturbado el mapa de la ciudad, recalentado, elevado a temperatura de creación y goce. con el sonar de campanas al vuelo se produce un rompimiento, un ensordecedor anegarce que, desbrujulando, trastoca toda orientación, llenando el aire de engañosos espejos de sonido en racheado y denso vagabundeo.
volátil utopía, la ciudad, convertida en ocasional esqueleto de nidos de campanas, adquiere una nueva carne y sustancia que la llena de otra vitalidad, como la lava a pompeya. ráfagas de sonora lava invaden centros y periferias transformando las certezas toponomásticas en un preliminar abrirse enriquecedor y libertario.
el transeúnte auditor, habituado a la soporífera cordialidad de la simple reproducción de una música-ahí, se ve inmerso en un circuito sonoro de pulsiones, automatismos y subterráneas dimensiones mediante la intervención gestual campanera que falsea y pervierte el pseudo-orden. laberinto benéfico que dinamita la banalidad quotidiana y conforma unos como hilos de ariadna que, siguiendo secretos semáforos, devienen insospechados puntos de condensación y rarefacción.
además un concierto de campanas nos transporta, esto es, nos metaforea a un original mundo analógico, precisamente a nosotros que vivimos cuasi presos de la digitalización, o sea, de la rigidez dualística del uno-cero, del off-on.
en efecto la música, como tantas veces he repetido, jamás es inocente. su engolfarnos en lo analógico no es sino una manifestación de nuestra necesidad de mito. necesidad de mentiras que dicen verdad frente a tantas músicas meras verdades mentirosas plagadas, eso sí, de virtuosismos, ocasionalidad y metodología. por contra sonar campanas es pastoreo de sonidos y ritmos. es dar al llanto pasto, como a la diversión y a la sorpresa y a la contemplación. es gritar y gritarnos que la vida, campo minado, ha sustituído su profundidad por una rasante superficialidad que apenas roza el pliego externo de las cosas, cuyas presuntas excelencias aumentan en razón directa con la velocidad; que ha devenido la vida profana y escandalosa diosa del momento, diosa encubridora de vacío, pues con sus ciclos de moda borra la memoria y anula el contacto sensual y demorado no sólo con las cosas sino también con los sonidos (puros sollozos) que les dan lugar.
un concierto de campanas con su incesante martillearnos (auténtico malleus maleficarum) postula, en fin de cuentas, un vivirnos en ralentizada agonía, paladeando la feliz fortaleza (castrum felicitatis) de ser tiempo. pero no un tiempo secuencia de pasado-presente-futuro, ni un tiempo en evolutivo desarrollo o en consecuencialidad mecánica de causas y efectos, sino más bien, como la música misma, un tiempo-atmósfera, un tiempo-en-la-vida, un, como diría heidegger, zeitung. algo así como un irregular e impredecible madurar a la intemperie.
y al tiempo, un concierto de campanarios es, como decíamos al principio, un inagural tomar conciencia de que la música (desde aquel lejano y originario big bang) es, suena, esparciéndose, esto es, avecinándose y alontanándose, haciendo espacio. y este instaurarse en el espacio no es en modo alguno accesorio sino, como diría de nuevo heidegger, urphänomen. el espacio es la sede del dejarse ser de la música. su teatro operacional. esta es su verdad. una verdad que no es perentoria construcción de dimensiones y medidas fijas y estables, sino más bien un sucederse histórico peculiar, un acaecer relacional entre cuerpo lleno y vacío, un oscilante ir y venir entre lugar y vastedad de difusos límites, y donde, en el caso de un concierto de campanarios, los caprichos de eolo (o la humedad ambiente) son tanto o más determinantes que la voluntad del compositor, simple emborronador de partituras cronométricas y politópicas.

estas reflexiones (sobre tiempo, espacio y analogía) que los conciertos de campanarios y espadañas provocan en mí son la manera más fecunda que tiene el arte campanero y ciudadano de poner-en-obra la verdad. una verdad que, al ser esta música compuesta en amor de abundante inteligencia mística al decir de san juan, sólo da alguna luz general, pues la sabiduría mística no ha menester distintamente entenderse para hacer efecto de amor y afición en el alma.

luz general que no es patrimonio sólo de artistas o místicos, sino que también alcanza a modernos estetas y filósofos (e incluso científicos) como goethe, que escribió: no es siempre necesario que la verdad tome cuerpo, basta con que su espíritu aletee por los alrededores y provoque una especie de acorde como el que produce el dondonear de las campanas cuando se distiende amistosamente por la atmósfera hablándonos de paz.

retrocede La ciudad y sus ecos avanza
  • CITTÀ DI CASTELLO: Campanas, campaneros y toques
  • BARBER, LLORENÇ: Toques y otras actividades
  • Conciertos de campanas: Bibliografía

     

  • Volver a la página anterior
  • Menu inicial CAMPANERS DE LA CATEDRAL DE VALÈNCIA
    Campaners de la Catedral de València
    Buscar campana, campanario, población, fundidor, año fundición, epigrafía, autor, artículo
    © BARBER, Llorenç (1997)
    © Campaners de la Catedral de València (2017)
    campaners@hotmail.com
    : 14-12-2017
    Convertir a PDF