BARBER, Llorenç - La ciudad y sus ecos

in altum

fuimos dioses, o casi. mas poco a poco los músicos, los laxos, nos hemos dejado convertir en tecnócratas, profesores, representantes vendedecibelios. no contentos con capturar la música, la hemos academizado, burocratizado, mercantilizado.
hora es, pues, de verdearnos, de ecologizar el entorno despertando los mensajes dormidos en los bronces. hora es de salir de los teatros, de los salones, de los estudios: para habitar sonoramente nuestras viejas ciudades y anciano mundo. hemos de ocupar torres, quioscos, plazas, avenidas, coaligarnos con quien haga falta para profundizar suavemente en un planteamiento planetario de la música.
además es bueno orear la música: pierde peso, se evaporan impurezas, la transmuta su dislocación, desaparece su oposición con la calle, el paisaje, el planeta. por supuesto, se llena de adherencias (foráneas), pero no es malo. nunca lo fue. y, al salir, la música respira, se crece, nos crece de rebote. supera las cortas miras de músicas cuyo espacio no rebasa el que media entre el ombligo y el oído, entre pauta y tecla.
al llegar el encontre de compositors a su décima edición, me encarga que me sume al evento. y al hacerlo no puedo evitar recordar las constantes preguntas de toni caimari, espléndido anfitrión, sobre la posibilidad de utilizar añejos campanarios, habitados por semimudas campanas, cuando en un exceso poco habitual de entusiasmo comenzamos los encontres en sa pobla. ya entonces hubiera querido desenpolvarlas, pero demasiadas veces lo más obvio se nos antoja imposible. así me lo pareció, a pesar de la naturalidad con que caimari acogería el proyecto.
hoy sacar la música a pasear por nuestras calles no me parece heroicidad ni descabello, sino útil aplicación de mi trabajo de compositor a una escala mundana, un extender la tensión necesaria que toda obra genera entre lo imaginario (lo compuesto) y lo real (el preguntar de las beatas, sorprendidas: ¿dónde está la procesión?). de hecho mi cautela con lo desmesurado se ha visto positivamente refrendada por los resultados adquiridos en ontinyent, valladolid, salamanca, valencia, ávila, huesca, san sebastián y gandía. y cito las ciudades porque es música tópica, música incardinada a barridos concretos, música que no puede exportarse. se la dicta a sí misma la ciudad.
in altum es sembrar de atriles, cronómetros, partituras, anacrusas y cuerdas campanarios y espadañas de palma. para, concertando bronces, desconcertar a vecinos y visitantes y angelizarles una buena nueva: nos ha nacido a nosotros (músicos descreídos) una criatura que nos habla en lengua vieja y lugareña. una de sus metas es virginear el oído de los escuchantes de forma que les parezca, paradójicamente, oír su ciudad por vez primera, sus campanas y el hado que las gobierna.
in altum es tender un manto de ligero desasosiego por sobre nuestros cráneos para desrutinizar el quotidiano vivir-en-compañía. es compartir nuestro pasmo con vencejos, palomas y gaviotas al rellenar de dondones nuestro hábito. es aligerar el aire de ritmos machacones y enlatados, para alojar en él sonidos errabundos, pneumáticos (a pesar de nacer de pesados badajos rebotan, atolondrados, por los rincones).
en tal propuesta poco importa la simplicidad de escritura, timbre o ritmo: lo que la hace interesante y eficaz es el deambular del sonido y del propio auditor cazasonidos. no es música para oír sentado, sino en activo vagabundeo, pues llega necesariamente fragmentada por las distancias e interrumpida por muros y motores espontáneos. es una música que cada cual se gana afanosa o pausadamente: un constante alíarse con el viento, sorteando impedimentos para recomponer, una y mil veces, el hilo que se escabulle. mi composición es sólo incitación, un mapa para la veradera composición que cada cual se hace (con sutileza o grosería) entrelazando elementos al borde siempre de lo discontinuo.
in altum es plurifocal: cada nido de campanas tiene un peso o radio de ación sonora desigual. la obra se superpone al tejido campanil de una ciudad concreta, palma, tan poco dada a esquematismos y simetrías como la sociedad que le dió forma. ello configura un espacio desigual que, al proyectarse en el tiempo de una composición, reproduce acumulaciones y vacíos tan determinantes como mi propia voluntad compositiva, o como la propia decisión del creativo oídor, forzado a deambular por zonas precarias y dolorosas, o por peligrosas zonas de misteriosa acumulación y fertilidad en las que el aburrimiento de vivir es reemplazado por el momentáneo goce (o sufrimiento) de ser.

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