BALLESTER, Laura - Vecinos de la Historia

Vecinos de la Historia

Vivir junto a un monumento da calidad de vida. Concede al día a día muchas más ventajas que inconvenientes. Y, además, alegra la vista. Seis vecinos de la Historia en Valencia lo confirman

«En el centro histórico, las calles suenan a calle y, como diría Galdós, sientes los pasos de los vecinos. Hay rumor de voces. Las campanas dan la vida. Es un sonido antiquísimo y natural». Los siguientes retazos de historias de la ciudad no podían encontrar una descripción más plástica que la que ofrece el pintor valenciano, Luis Massoni, para dibujar las ventajas de vivir en el centro histórico de Valencia. Un privilegio del que disfrutaban en 2009 un total de 25.924 personas, según el último padrón, y que apenas representan el 3,1% de la población del Cap i Casal (815.440 almas empadronadas el pasado año).

Otro pequeño porcentaje de ese 3,1 disfruta de un doble privilegio: vive, o trabaja, junto a un monumento. Son vecinos cotidianos de la Historia, de un patrimonio que reverencian, admiran y que ninguno se cansa de mirar. Hay, incluso, quien no sobreviviría «allende sus fronteras», como le sucede a Massoni quien advierte que no podría vivir «ni atado» en un entorno como el de la Ciudad de las Artes y las Ciencias. «Desde hace cincuenta años vivo en el centro y, si puede ser, siempre en callejuelas porque son mucho más tranquilas», explica este pintor que disfruta desde la terraza de su estudio de unas privilegiadas vistas de la Basílica, la Catedral y la Torre Vella del Palau de la Generalitat. Massoni lamenta el exceso de edificios oficiales «que impiden que Ciutat Vella tenga un pulso de ciudad normal». Y, sobre todo, le duele «la expulsión de los artesanos. No han quedado ni tres testimoniales», aunque confía en que con el impulso que se pretende dar a la rehabilitación «vuelvan, porque para restaurar edificios se necesitan buenos artesanos».

Vivir en el centro es «como vivir en un pueblo» pero con todas las ventajas de la ciudad, asegura convencida la pintora y fotógrafa, Patricia Iranzo, quien lo que más agradece es «venir a trabajar en bicicleta». Una década le ha costado a Patricia encontrar un bajo en condiciones. «Porque suelen tener problemas de humedad y los bajos no suelen tener luz natural». Por eso, cuando encontró el bajo con altillo en la calle Cordellats, en un edificio justo enfrente de la Llotja de Valencia que es incluso «más antiguo que el edificio» Patrimonio de la Humanidad, no se lo pensó dos veces y adaptó los tamaños de sus lienzos a su nuevo espacio laboral. Patricia sólo teme que el centro «acabe siendo un parque temático para los turistas, que sólo dan vida unas pocas horas al día y se comen el resto».

Precisamente, los turistas que visitan las Torres de Quart casi parecen asomarse a la nueva casa de Rosa, la cocinera de la Taberna Canela, que está plena mudanza a un piso de la calle Guillem de Castro al que apenas separan unos metros de las antiguas puertas de la ciudad, del siglo XV. Aunque aún no ha dormido en su nueva casa, admite que el «único inconveniente son los ruidos de los coches y los autobuses (que paran en un semáforo ubicado justo debajo de su casa) y, sobre todo, el de la gente que grita por la noche, cuando sale de fiesta». Pero asegura convencida que «viendo las torres se me pasa». Alguna siesta sí que ha hecho ya en su nueva casa y explica emocionada que «incluso desde la cama sigo viendo las torres».

Quien tampoco pierde nunca de vista la torre de Santa Catalina, del siglo XVII (aunque la iglesia es del siglo XIII, una de las más antiguas de la ciudad), es Maria Victoria Rollano, propietaria de la oficina de loterías Santa Catalina, empotrada en un lateral de la torre, que nació «entre décimos» y ya es la tercera generación de loteras que regenta la administración, fundada en 1885, e incrustada en el monumento. «Todo son ventajas, no nos da ningún problema» asegura convencida Maria Victoria, pese a que se encuentra en pleno proceso de reconstrucción de las viviendas familiares y la administración de su propiedad.

Quien también afrontó la complicada empresa de ejecutar unas obras pegadas a la catedral y al Micalet fue Juan Mafé Díaz, propietario junto a su padre y hermano de la empresa Promociones Inmobiliarias & Promociones Turísticas, que reconstruyeron una finca de máximo lujo entre las calles Micalet y Corretgeria. Otro entorno privilegiado del que disfrutan en su trabajo y al que sólo ven ventajas... Como escuchar cada atardecer el toque medieval de cierre de murallas de la campana Manuel del Micalet que recuperó el Gremi de Campaners.

Catedral de Valencia y el Micalet

«Este entorno tiene mucha vida»

Juan Mafé Díaz trabaja «doce horas al día» junto al Micalet. Desde el balcón de su oficina se avista la torre-campanario y la calle Micalet, con el bullicio agradable de la gente paseando como banda sonora de fondo. «Este es un enclave privilegiado. Es muy agradable trabajar aquí. Este entorno tiene mucha vida». Juan gestiona junto a su padre y su hermano la empresa Promociones Inmobiliarias & Promociones Turísticas, que fue la responsable de adquirir una manzana de edificios y reconstruir una finca de máximo lujo en la que habilitaron 26 viviendas y su oficina. «En el traslado de la Virgen preparamos un desayuno con horchata», explica Juan, quien sólo ve ventajas a vivir a los pies del Micalet. «Todos los trámites los hacemos andando. Tenemos todos los servicios. Es un barrio muy versátil, con zapatero, bodega, droguería». Tal vez la única desventaja sería encontrar aparcamiento... «Pero como tenemos garaje...»

El Mercat Central y la Llotja

«Con estas vistas, ni enciendes la tele»

Rebeca es gallega, por eso aprecia aún más «la luz del Mediterráneo que es muy especial». Vive alquilada, junto a Juan, su chico, en un coquetón piso de la calle María Cristina del barrio del Mercat que acaban de reformar con sencillez y con un gusto exquisito. Desde su casa se ve la torre de Santa Catalina, la del Micalet, la Llotja y el Mercat Central. Todo un lujo. Aunque lo que más impacta a Rebeca es la luz. «El otro día llovió. Las nubes se quedaron como suspendidas y los rayos de sol entraban por el horizonte. Un lujazo. Y los atardeceres son espectaculares. Te sientas en el sofá y, con estas vistas, ni enciendes la tele», explica maravillada de los espectáculos naturales, y gratuitos, de los que disfruta cada día. A Rebeca también le sorprendió poder ver «desde mi balcón, todos los fines de semana, castillos de fuegos artificiales... Hasta que me enteré que era típico». Las únicas pegas que ve a vivir en el centro son la falta de tranquilidad los fines de semana.

La Llotja

«Es como un pueblo en la ciudad»

Patricia Iranzo tiene su nido, su estudio (www.patriciairanzo.es), el lugar donde trabaja y pasa la mayor parte del día, pegado a la Llotja, en un edificio que es «más antiguo» incluso que el monumento del siglo XV Patrimonio de la Humanidad. El estudio es pequeño, pero luminoso. En su balanza personal de pros y contras «pesó más la luz que el espacio, a pesar de que en Nueva York me acostumbré a trabajar en grandes espacios y he tenido que adaptar mi obra, que es muy grande». Patricia buscó durante una década un espacio en el que crear, tranquila, pero al mismo tiempo integrada en la urbe. Patricia valora, sobre todo, «poder venir a trabajar en bicicleta». Desde su ventana observa la Llotja y ve a los turistas «hacerse la foto, siempre en los mismos sitios. Pero no me canso». «Esto es como un pueblo en medio de la ciudad. Si quiero, me aislo». Y, si no, «es como si estuvieras en medio de la calle, tienes contacto con la gente, o llaman porque ven los cuadros y se interesan por lo que hago».

Torres de Quart

«Veo las torres desde la cama»

Rosa es cocinera de la Taberna Canela en la calle Quart. Está envuelta en la vorágine que supone una mudanza, porque se traslada a vivir desde Paiporta al tercer piso de una finca frente a las Torres de Quart. «¡Casi las toco!», asegura ante la expectativa de vivir frente a la historia. Con el cambio de casa ganará en calidad de vida porque ahora, cuando acaba de trabajar, viaja en taxi hasta Paiporta. Cuando se traslade, tendrá la vivienda justo encima del trabajo. Una gozada. Se emociona al pensar que «hasta cuando me acuesto en la cama veo las torres. Me gusta imaginar su historia y las miles de vidas que han pasado frente a ella».

Torre e Iglesia de Santa Catalina

«Santa Catalina nos da suerte»

Maria Victoria Rollano es la tercera generación de loteras que reparte suerte a los pies de Santa Catalina. «Nací entre décimos. Siempre me he dedicado a esto. Y que dure», asegura sonriente la propietaria de la oficina de loterías incrustada en la torre de Santa Catalina. El monumento atrae la suerte a esta administración fundada en 1885. En 1945 tocó el gordo con sus cinco series, —el 45.749— y el pasado año fue la única oficina que repartió un premio en Valencia (el cuarto, con el 29.013). Santa Catalina también las protegió cuando sufrieron un desprendimiento sin un rasguño. Usan una de las piedras que cayeron como amuleto en el mostrador, para que los clientes froten los décimos por la reliquia. Para Maria Victoria la vida junto a Santa Catalina está llena de ventajas y ningún problema.

La Seu y el Palau

«Las calles suenan a calle»

«En el centro histórico las calles suenan a calles, hay rumor de voces. Se escucha a las golondrinas, a las palomas y las campanas. Es un sonido antiquísimo y natural», alaba el pintor Luis Massoni, un vecino de la historia y ardiente defensor de los centros históricos llenos de vida. Massoni echa en falta a los artesanos desplazados en Valencia por los edificios oficiales. «Los centros históricos necesitan más personas y menos oficinas».

BALLESTER, Laura

Levante - El Mercantil Valenciano (11-07-2010)

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