Un prisma octogonal de piedra, un tótem cívico que atesora el amor de los vecinos y la nostalgia del que tiene que vivir lejos

Autor: LAS PROVINCIAS
Seiscientos años junto al Micalet? Puede que sean más. O quizá no son tantos. Pero lo importante no es la edad, sino el reconocimiento de un afecto, la declaración de amor que el Gremio de Campaneros y la Banda Municipal dedican hoy a la torre más valenciana. «El centro, la cumbre, la cerviz de la ciudad» para Teodoro Llorente, un escritor entre los mil que han glosado el porte de la torre de la Catedral y su valor sentimental. Porque «perdre de vista el Micalet» es una frase, Llorente lo dijo también, con la que «los hijos de Valencia expresan el tormento del destierro, la incurable nostalgia de la tierra natal».
Hasta Joan Fuster, el más controvertido autor de cuantos han escrito de esta ciudad, tuvo que empezar su recorrido urbano por el tótem del Micalet. Para decir enseguida que es un prisma octogonal perfecto, o sea que su perímetro es igual que su altura. Cincuenta y un metros. O dicho mejor: 225 palmos valencianos, dado que, en 1381, cuando la obra comenzó, el sistema métrico decimal estaba todavía muy lejos. «Aquest campanar fonch comenzat en lany de la Natitvitat de Nostre Senyor Deu Jesu Christ MCCCLXXXI reinant en Aragó lo molt alt Rey En Pere estant bisbe de Valencia lo molt alt En Jaume fill de lalt infant En Pere e cosi germá del dit rey». Así se puede leer en la lápida fundacional que luce, aunque borrosa, a los pies de la torre.
El obispo Jaime de Aragón, primo hermano del rey, quiso sustituir la primera torre campanario de la Catedral, que se elevaba, aunque poco, en la calle de la Barchilla, y proyectó una torre importante, notable, digna de los nuevos tiempos. Que estaría separada del edificio catedralicio, exenta, como otros campanarios de su tiempo, empezando por el de Pisa. El obispo no vio terminado su proyecto porque murió en 1396. Había sido preciso el desfile de varios maestros canteros, y algunos viajes a Lérida y Narbona, a ver qué proyecto se desplegaba. Y se dice que Andreu Juliá, sin embargo, apenas necesitó una cuerda y una pica para plantear el solar de su prisma octogonal de cuatro tramos.
Franch, Juliá, Pere Balaguer, Martí Llobet... Los mejores maestros, los mejores canteros, para una obra de singular importancia. Porque no solo se trataba de subir a lo más alto las campanas de la religión y la liturgia, que hoy en día son once, sino de tener también disponible una gran campana, la mayor posible, para ordenar la vida social y laboral de la ciudad y la huerta. Porque Valencia, el Consell de la Ciutat, había sido pionera en España (1378) en dotarse de un reloj cívico (calle del Reloj Viejo) pero ni funcionaba bien ni se oían sus toques como era menester.
Tan necesaria era la hora cívica en la Valencia gremial que había dos empleados, en turnos de doce horas, que tocaban una campana solemne, en el campanario viejo, guiados por relojes de arena cuando el reloj municipal fallaba. Así, mientras la torre nueva crecía, Consell de la Ciutat y cabildo expresaron un acuerdo de colaboración horaria, que cristalizó, en 1418, en unas capitulaciones. Y en una campana grande, solemne, de 160 quintales, que fue instalada y bautizada el día de San Miguel, 29 de septiembre de 1418, con el nombre del santo del día. En Valencia, llamarle cariñosamente Micalet a la campana, y enseguida a la torre, fue lo más fácil del mundo.
Parece que la campana ganaba alturas junto con la torre. En todo caso, el último cuerpo debía estar hecho ya en 1418 y lo que se construyó, entre 1424 y 1426, es la terraza, 'els apitradors', las gárgolas y los adornos finales: hay un documento de 1424 mediante el que el cabildo contrató a un cantero para esos trabajos. Y todo indica que la obra estuvo lista en 1425, fecha que los Campaneros valencianos señalan como capital para el objeto de su estudio, la campana Miquel, que quedó instalada... provisionalmente.
Porque en 1426 la torre no estaba terminada ni mucho menos. Ni siquiera se sabía cómo continuarla. De ahí que, el 4 de junio de ese año, el cabildo acordase construir «un eminente y suntuoso pináculo, circuido y adornado de imágenes», obra para la que se impusieron censos sobre varias casas capitulares. Pero esa aguja gótica se estudió, se pensó mucho, y nunca se pudo hacer: en 1429 la obra quedó terminada. O parada. Por eso el Micalet, que sostenía su gran campana horaria con un caballete de madera con tejadillo, tuvo que soportar el incendio causado por un rayo en 1519, con caída de la campana incluida. Un desastre que solo se recompuso cuando se izó la campana actual, fechada en 1539, que tiene 2,35 metros de diámetro y 7.514 kilos de peso.
Una masa de tal calibre, a la que hay que añadir los mazos y cables correspondientes, más una campana respetable para hacer sonar los cuartos, necesitó la construcción de una espadaña de piedra. Que se comenzó en 1660 y se terminó en 1736, que ya fueron años, después de no pocos parones y complicaciones. Arquitectónicamente, no hay más que verlo, es un 'pegote', un añadido anacrónico; pero es nuestro adorable pegote. Llorente escribe de nuevo y regala flores a nuestra torre predilecta: «¡El Micalet! Pocos nombres, muy pocos, habrá más dulces que este para todo buen valenciano. Pocas imágenes habrá más gratas a su corazón y más fijas en su memoria que la silueta sencilla y severa de este obelisco octagonal, desnudo de todo adorno en sus tres cuerpos inferiores, gallardamente perforado y esculpido en su cuerpo superior...»
La torre que hoy domingo recibe el festejo de la música tiene cuatro cuerpos. El inferior es macizo y el segundo alberga una estancia, que fue llamada 'la Presó'. Lo fue en ocasiones y también sirvió de asilo a los que huían de la justicia y se acogían a sagrado. O lugar seguro para los religiosos en caso de turbulencia en la ciudad. El tercer cuerpo alberga la casa del campanero, un espacio mayor y con dos ventanas, donde de hecho dormían los campaneros: desde allí se pueden tañer determinadas campanas mediante orificios que atraviesan la torre. El último cuerpo es la Sala de las Campanas, que tiene ocho huecos, de los que hay siete ocupados por las venerables campanas. Una de ellas, la Caterina, es del año 1305 y procede del Campanar Vell. La más 'joven', la Violant, fue fundida en 1735.
Ese último hueco sin campanas es el de la escalera de caracol, que atraviesa la torre desde el suelo de la Catedral y comunica todas las estancias hasta la terraza. En total son 207 escalones de 22 centímetros de promedio. La puerta de acceso merece especial atención por su trazado.
El reloj de la ciudad fue renovado en diversas ocasiones, la última en 1648. Las esferas estaban adheridas a la torre y la ciudad siempre tuvo un relojero encargado de cuidar el mecanismo y dar cuerda a la maquinaria. El relojero Carbonell, de la Bajada de San Francisco se ocupó de esa tarea muchos años. Pero lamentablemente, en la reforma de la calle del Miguelete de los años setenta, cuando se derribaron las casas de los Canónigos, se derribó también el casilicio del reloj y se echó a la chatarra su maquinaria.
![]() |
||
© Las Provincias (2026) © Campaners de la Catedral de València (2026) campanerscatedralvalencia@gmail.com Actualización: 22-05-2026 |
||