
Ayuntamiento, Banda Municipal y Gremi de Campaners preparan un homenaje musical y pirotécnico al Micalet, que lleva 600 años junto a los valencianos. Es hora de recordar qué es y cómo es esta torre emblemática y querida por todos. Y es hora de decir que su primer cuerpo es macizo, un mazacote de piedra y mortero de miles de toneladas de peso. Pero en el segundo cuerpo se encuentra una estancia muy angosta, llamada 'La Presó' desde hace siglos. ¿Quién estuvo preso allí? Pues si hubo alguien alguna vez, no parece que fuera famoso; no hubo un conde de Montecristo de barba larga, encerrado un montón de años. Seguramente, los estudiosos no han tenido tiempo, o ganas, de analizar cientos de miles de documentos del archivo de la Catedral, del Ayuntamiento o del Reino, en busca de tal prisionero. Porque la estancia, lo que sí que parece es que fue refugio en tiempos de turbación. O, mejor dicho, caja fuerte. Pero veamos…
El canónigo José Sanchis Sivera, autor del libro más completo que se ha escrito sobre la Catedral y el Micalet, anotó al respecto: «Las bóvedas que sostienen sus pisos (los del Micalet) tienen 4,07 metros de espesor y 5,63 metros las paredes. A los catorce metros de altura hay un departamento que ocupa el centro de la torre, octógono como ella, de unos dos metros de lado, que recibe la claridad solar por un estrecho tragaluz. Este sitio servía antiguamente de lugar de asilo para los que, refugiados en la Catedral, huían de la persecución de la justicia».
Prisión, pues, pero de refugiados. De personas que huían, o bien de la Inquisición o bien de la justicia civil, y se acogían a sagrado. A la autoridad de la Iglesia, que les brindaba cobijo. Sin embargo, no consta que la estancia tuviera huéspedes procedentes de la realeza, el episcopado o las grandes familias. No hay nombres de notables que consignar.
Y es que la Presó –un ventanuco, una puerta, una sola llave– lo que resulta ser es un lugar seguro y bastante secreto. Un punto de la Catedral que puede servir para refugiarse en caso de que las revueltas en la ciudad pusieran en peligro la seguridad de las personas del cabildo. O también pudo servir para poder a buen recaudo tesoros: no ya cálices de oro y plata sino bienes de alto valor religioso, como reliquias. Sin embargo, tampoco hay testimonios que nos hablen de momentos delicados –la invasión francesa, por ejemplo– en los que la habitación fuera usada de una manera reseñable.

En el segundo piso del Micalet se encuentra una estancia de mayor tamaño. Según Sanchis Sivera, «servía de habitación antiguamente a los sacristanes y hoy al campanero». Eso hoy se corresponde con el año 1909, cuando se publicó el libro 'La Catedral de Valencia', un tiempo en el que el canónigo nos dice que el campanero, sin moverse de su habitación, «puede tocar el alba y otros toques sencillos, pues la cuerda de la campana que sirve para esto pasa por un agujero que hay en el centro de la bóveda».
Tocar al alba… desde la cama. Despertar a la ciudad entera y poder arrebujarse de nuevo bajo una manta para seguir durmiendo. He aquí un privilegio que tuvo el campanero del Micalet, que disponía en la torre de un habitáculo con dos ventanas «con unos pasillos que conducen a ellas, de casi un metro de ancho». Una habitación, en suma, que «viene a ser la tercera parte de la torre». Las paredes son mucho más 'finas', de apenas tres metros de grosor. Hasta allí, hasta el piso de las campanas y la terraza sí que han subido muchos famosos. En 1502 la joven reina doña Juana quiso conocer de cerca un volteo general de campanas, subió hasta la cumbre y aguantó es escándalo de bronce durante media hora: nadie ha investigado si fue ahí donde empezó a sentirse Loca, la buena mujer.
Todos los reyes que han pasado por Valencia –todos, menos Luis I y Fernando VI– han subido al Micalet o al menos han sido invitados a hacerlo. Porque era el punto perfecto para ver la ciudad y la vega de la huerta, la Albufera y el mar. Subieron los reyes de la Corona de Aragón y luego los Austrias y los Borbones. Subió Felipe III, por ejemplo, en las Navidades de 1603, en tiempos del arzobispo Juan de Ribera. Y se recuerda muy especialmente la subida de Felipe IV, el 19 de abril de 1632, en la que fue preciso no solo hacer una limpieza a fondo, sino poner hierbas aromáticas y 'olor ab casoletes', es decir luces de aceite con perfumes, a lo largo de una escalera poco ventilada y nada iluminada.
Y es que la torre de abría de vez en cuando a personajes ilustres, pero en los días corrientes lo que más sostenía era el paso de leñadores y señaleros, los encargados de hacer en la terraza las alimaras o fuegos de señales o de celebración. La escalera no era, pues, la de un palacio, sino el paso de trabajadores fatigados en el duro oficio de subir y quemar carbón y leña en la terraza. Falles, fumades, alimares… Fuego, como signo de que no había 'moros en la costa'; o quizá como señal de calma o de peligro.
Los eruditos, como Francesc Llop, impulsor del Gremio de Campaneros, dicen que la costumbre siguió hasta 1905, en que fue prohibida oficialmente; aunque Mariano Folch, el campanero de entonces, dicen que siguió haciéndolas por placer, al menos hasta que terminó toda la leña. «Era –dice– un símbolo, inútil ya cuando estaba en vigor, sobradamente, el telégrafo y el teléfono». Pero una tradición es una tradición.
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© Las Provincias (2026) © Campaners de la Catedral de València (2026) campanerscatedralvalencia@gmail.com Actualización: 16-05-2026 |
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