BARBER, Llorenç - La ciudad y sus ecos

alberomundo (una multitudomúsica)

absténganse, por favor, los militantes mohínos, los terroristas de la teoría, los preservadores del orden puro, los ascetas y los lastimosos técnicos de lo que sea: alberomundo es sólo un modesto ejercicio de introducción a la vida múltiple, un sonoro antiedipo: vida quotidiana puesta en marcha.
no es, pues, quede claro desde el inicio, una música correcta, sino un poner en acción los motores de la proliferación, yuxtaposición, combinación y disyunción para celebrar algo de suma seriedad, algo esencial: una puesta en muerte de todo lo tirano y único y enorme que amarga nuestra vida.
y lo postulamos aquí mediante un fiestear sónico, una sonorrea, una arriesgada y puede que peligrosa hemorragia de sonido y sentido que nos tropieza nuevas resonancias desde unas viejas sonancias.
música de lleno, esta multitudomúsica es un pensar juntos la ebriedad y el exceso, un tensar el sonido como se tensa un tambor, para que comience la gran fiesta sónica con sus masas, sus océanos, sus encontronazos, sus flujos heterofónicos de tempos, desfases, disloques, ecos, velocidades (aceleración, ralentización), desplazamientos (motus) y parones (quies).
en alberomundo todos nos montamos en una onda que nos cobija provisionalmente (como la tabla de windsurf de deleuze) y nos lanza a inventar lo nuevo, esto es, a resistir (esa es la fuerza de la palabra harmonia) acentuando nuestra diferencia y singularidad.
cierto envilecimiento se impone: estar siempre al acecho para montarse oportunamente a fuerzas terribles o jericós tambaleantes: para (sin reserva) arriesgarse a tránsitos insospechados en los que cosas que suenan coexisten durante tiempo, se tocan, se intercambian y... adiós. caes. a otra cosa o asunto, a otro acecho. así es.
lejos pues de la pesadez académica o de la ocurrencia (la heterodoxia inconsistente), alberomundo es un postular una boda con el mundo, y no mediante el proponer la enésima obra de un auctor, sino algo bien distinto: mediante el proponernos una música lisa, sin totalidad ni subjetivaciones, una casi obviedad sónica con ribetes festeros.
en efecto, los músicos ponen en solfa unas notas mil veces ya sonadas en otra parte, en otros conciertos, en otras plazas o calles pero, eso sí, interpretadas de otro modo aquí: mediante un acumule meticuloso y astuto de devenires, acoples heterofónicos (casi coincidencias de ataques, tempos, lecturas, engordes y enflaques sónicos), haecceidades, zonas (espacios fijos, móviles o en blanco), hilos y transversalidades inagotables (groseros simulacros de lo mismo, apariencias tornasoladas, murmullos, adivinados fiascos de conocidos algos, etc).
un, en suma, collage de disparidad y semejanza y repetición de intensidades, movimientos, hormigueos y verticalizaciones.
música pues que se desujeta a base de desplazamientos (propios o ajenos) y de cruces como relámpagos de ideas cuasi distintas, de malvadas maniobras sobre los mismos, de conjuras del error (música errante y herrante), dispersiones donde se pierde la decencia del supuesto equilibrio por fascinantes estupideces. música que deja de estar clara u oscura para convertirse en paseo, danza, separación extrema o condensación amontonada, barullo total y delirio de inocentes ritornelos que nos hartan. porque lo que me interesa es la batalla, la tragedia del escuchar (a lo nono). la otra, la batalla o tragedia del sonar, ya está ganada (o perdida) cuando se llega al momento de la verdad: cientos de músicos con muy distintas y diversas ganas de sonar un son forajido y desaforado que implica y complica la vida acústica (y por ende sensitiva e intelectual) del escucha.
y todo esto en un territorio de horizonte cerrado, en un microcosmos omfálico donde se pone en muerte la vida y sus desordenados deseos. un lugar (lucus iste) donde el tránsito más salvaje y limpio tiene ritualizado acaecer (soma, sema, misa). enclave donde, cual infiltrados, refugiarnos y por un tiempo pegar el oído al albero para, como los indios de las películas, oír sus lejanas y sangrientas voces; para, juntos, tocar madre y adivinar su obstinado mutismo; para, en fin, desbaratarlo todo mediante un estimulante y masajeador volumen con destellos que nos ensordecen y provocan: ¿qué se opone a que un concierto sea un superficial y colectivo ponerse en órbita?
y por último: ¿por qué la banda? porque la banda (y especialmente aquí, en esta comunidad de ruidosas mascletás y ardientes fuegos públicos) es la sedimentación de una manera peculiar y comunitaria (ceremonial) de oír juntos, un encerrar la inmensidad del viento, las intensidades y el ruido cósmico en un conjunto festivo de instrumentos. para así comunicarnos con los dioses, como con lo inaudible.

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