JUSTEL, César - Campanas contra tormentas

Campanas contra tormentas

En tiempo de huracanes e inundaciones resurge la leyenda del poder mágico de los sonidos. En distintos pueblos y culturas se recurre al tañido del metal para combatir el desastre

Suena increíble, pero todavía hoy día, en algunos pueblos, repican las campanas para alejar las tormentas y, al decir de los aldeanos, el método no falla.

En la base, la misma idea que mueve a los indios para conseguir agua del cielo o hacer que se detuviera la lluvia: cantos y bailes acompañados de rítmicos sonidos de tambor. Si la lluvia se debía a un determinado sonido repetido incansablemente, o a la creencia de todo un grupo en que aquello iba a realizarse, o bien a un intermediario, llámese Virgen, santo, o dios de la naturaleza, es cosa que todavía no ha podido aclararse, pero el hecho es que el agua venía o paraba a voluntad.

La magia de los sonidos

El sonido tiene un determinado efecto sobre la materia. Investigadores han tratado el tema pero, sin embargo, el hombre antiguo, conocía ya ese efecto, ese poder «mágico».

El «ruido», bien sea ejecutado por instrumentos de cuerda o de percusión, y como consecuencia de una determinada frecuencia de onda, puede influir sobre la Naturaleza; ejemplos del uso de ese ruido para fines religiosos -o simplemente como una solución Útil- podemos encontrarlos a lo largo de toda la antigüedad. Los tibetanos saludaban al amanecer -y saludan- haciendo sonar sobre valles y montañas largas trompetas; de alguna manera creen que así influyen sobre la Naturaleza para calmarla, aunque realmente ese sonido actúa más sobre el oyente proporcionándole un determinado estado de relajación que le ayuda a su unión con el Cosmos. Los platillos budistas tienen igual misión, pero la campana es con seguridad el instrumento más frecuentemente utilizado con fines religiosos.

La campana ya se utilizaba en tiempos de los faraones durante las fiestas en honor de Osiris, pero será la Iglesia Católica la que realmente la extienda por todo el mundo.

Un obispo de Nola, San Paulino, introdujo en el siglo V su uso en celebraciones religiosas (aunque la campanilla se venía ya usando para llamar a los fieles). Por eso cierto tipo de campanas recibieron el nombre de «nolas».

Va a ser a partir del siglo XII cuando se construyen con un gran tamaño y los campanarios empiezan a llenar las iglesias de toda Europa (una de las más pesadas, veintisiete toneladas, es la de la catedral de Colonia, realizada con cañones fundidos, o la de Moscú, que se rajó de arriba abajo al primer golpe de badajo). También en este siglo empieza a emplearse con cada acto religioso un determinado toque, como el del «Angelus», y otros caídos, ya en desuso, pero que se siguen ejecutando en pequeñas comunidades, como los que avisan de un fuego, de una muerte, de la salida o entrada de animales...

El padre Martín Mersenne, en el siglo XVI, empezó a estudiar el sonido como consecuencia de la relación entre diámetro, grosor y aleación empleada. Cada orden religiosa tenía no sólo una especial bendición para sus campanas, sino su aleación y su frecuencia. Así pues, las campanas de los benedictinos sonaban lo mismo en todas sus iglesias, aunque se encontraran muy alejadas unas de otras. Durante la Edad Media, los nobles solían donar plata para que las campanas tuvieran un sonido más claro, más «argentino». Se creía que cada toque sería una llamada al cielo para que se acordara del donante. Muchas ellas tenían inscripciones y conjuros para conseguir una mayor eficacia. Hay un viejo dicho en Asturias que dice: «No hay campana sin bruja».

Júpiter en Oviedo

Entre las campanas más conocidas figura la de la catedral de Oviedo. La llamada «campana Wamba» es la más antigua de la ciudad. Fundida en 1219, lleva aún en su pie una inscripción, «XPS Tonat, XPS Sonat», que es la réplica cristiana del «Júpiter tonante, Júpiter sonante» de los romanos, ya que aquellos atribuían las tormentas a este dios. Se utilizaba para «romper» las nubes, hasta que un rayo, hace algunos años, medio destruyó el campanario. Quizá no la utilizaran a tiempo, o bien se equivocaron de toque.

La de la catedral de Vitoria también llevaba en latín una curiosa inscripción: «Huid elementos del rayo y de la tormenta», y en la de Reus, en la llamada de San Jaime, se podía leer: «Alejo el pedrisco, deshago el trueno y la nube amenazadora».

Por Asturias y León quedan lugares como iglesias, conventos o pequeñas ermitas, que utilizan ese «poder» de la campana. Uno de los más curiosos es el monasterio de Santa María, en Villaverde de Sandoval, cerca de la capital leonesa. El monasterio del XII, que perteneció a la Orden del Císter, ha estado mucho tiempo abandonado, pero sus campanas se han seguido empleando cada vez que una tormenta se cernía sobre el pueblo. Había un orden riguroso para que siempre estuviera alguien de guardia e hiciera sonar la campana al primer síntoma de nubes y seguirla tocando hasta que éstas se marchasen.

Curiosamente, el cercano pueblo de Mansilla la Mayor -al que benefician también los toques- era, por su situación, quien primero se daba cuenta de la inminencia de la lluvia y avisaba a los de Villaverde, pues aunque allí también tienen campanas no son «espantatormentas», como ellos dicen.

Las campanas que se usan para las tormentas, suelen denominarse de «Santa Bárbara». AÚn se utilizan las de Rabanal (en el Camino de Santiago), Bercianos del Páramo, San Justo de Cavanilles, Santibáñez de Valdeiglesias (cerca de Hospital) y alguna más.

Si retrocedemos en la historia, nos encontraremos con precedentes de este poder mágico del sonido, aunque el más conocido es el de la destrucción de las murallas de Jericó, a toque de trompetas. Por cierto, y siguiendo con Israel, se cree que Einstein realizó trabajos sobre la desintegración de la materia por el sonido.

(...)

Un museo y dos diseños

En el siglo XV se consolidan los dos tipos de campana que conocemos: romana y esquilonada. La primera, que se extiende por Castilla principalmente, es de gran tamaño y se toca con golpes de badajo; la otra es mucho más corriente y se volteaba a mano o con cuerdas y posteriormente con sistemas mecánicos, aunque hay algunos lugares donde todavía se voltea sujetándose el que la toca a ella. Casi todas llevan inscripciones que señalan el año de su construcción, el donante, o frases protectoras. En Urueña (Valladolid) hay un curioso museo de campanas que van del XV al XX

César JUSTEL
"ABC (Sevilla)" (23/09/2004)
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