El Viajero Ilustrado lo sabe: en ciertos momentos, un simple sonido puede cambiar el mundo. Uno de esos instantes ocurrió en los Estados Unidos, el 8 de julio de 1776, cuando sonó la que hoy se conoce como la "Campana de la Libertad", desde la torre del edificio Independence Hall, haciendo un llamado a los ciudadanos para que escuchasen la primera lectura pública de la Declaración de Independencia.
La campana había sido llevada desde Inglaterra a Filadelfia, unos 20 años antes. Pesa 943 kilos y El Viajero recomienda verla en el Liberty Bell Center, en Filadelfia. Justo es reconocer que su sonido no es el de siempre, pero entre otros méritos tiene el de haber anunciado la llegada de las fuerzas aliadas a Francia durante la Segunda Guerra Mundial. El 6 junio de 1944, los oficiales de Filadelfia la hicieron repicar para, desde esa ciudad, desparramar la noticia por todo el país.
El tañir de una campana es un sonido que a El Viajero Ilustrado le resulta familiar. Lo escuchó llamando a clases y también en ignotas y pequeñas plazas o iglesias. Sabe que lo que produce el sonido de este instrumento generalmente metálico es un badajo que cuelga en su interior. Si bien desde el siglo V las campanas fueron adoptadas por la Iglesia Católica para llamar a los fieles, tanto los egipcios como muchos pueblos asiáticos utilizaban campanillas. Las más antiguas —halladas en China— son del siglo XII a.C. y corresponden a dos tipos: las llamadas chung, campanas sin badajo para hacer sonar con un pequeño martillo y las ling, con badajo. La utilización de campanas para expresar un sentimiento vinculado con la fe, no está atada sólo al cristianismo. También es parte de la cultura de la India, entre los islámicos y en países como Japón y Tailandia. En la región tibetana, la campana ritual representa el cielo.
Entiende El Viajero, porque los escuchó, los distintos repiques de las campanas, como toque de plegaria, de fuego, alba o de oración. Claro que la falta de campaneros impulsó la electrificación del sistema, que se mueve gracias a un motor. Durante los primeros siglos eran instrumentos de tamaño pequeño, pero las medidas fueron creciendo con el tiempo, hasta que en el siglo XIII se fundieron campanas de enormes dimensiones —colosales, piensa El Viajero— y más aún desde el siglo XVI.
Casi siempre de bronce, las campanas se fabricaron, según la época, de distintas aleaciones. La composición, 80 por ciento de cobre, 10 por ciento de estaño y 10 de plomo. A mayor cantidad de estaño, mayor sonoridad, piensa El Viajero mientras escucha las 38 campanas de la catedral de Bruselas. En Salamanca, España, tenían la costumbre de tocar las campanas de la catedral si los aspirantes a "doctor" aprobaban el examen.
En Notre Dame, desde el año 1200, las campanas hacen vibrar el cielo de París con su llamado, mientras que en Venecia las campanas de la medianoche anuncian el final del Carnaval y, de ese modo, el fin del vale todo.
En Salzburgo, El Viajero se deleitó con el sonido de un carillón instalado en 1705, con 35 campanas fundidas en Amberes, una ciudad con una fuerte tradición en su fabricación.
Sin embargo, cree El Viajero Ilustrado, una de las más gloriosas campanas —que puede escucharse hasta 20 kilómetros a la redonda y es de las más grandes del mundo—, es la de la catedral de Santiago de Compostela que encierra una singular historia: en el año 997 el templo fue profanado por el moro Almanzor, quien entró a caballo a la catedral, y robó las campanas para transportarlas a otra ciudad española, Córdoba.
Esta catedral, un ícono de la fe cristiana, hizo decir al escritor norteamericano Ernest Hemingway: "Creo que la quiero más y significa más para mí que cualquier otro edificio en el mundo".
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© Clarín (2008) © Campaners de la Catedral de València (2026) campanerscatedralvalencia@gmail.com Actualización: 13-01-2026 |
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